Durante unos minutos comimos en silencio, cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Taylor fue el primero en romper la quietud. Se recostó en la silla con una sonrisa ladeada, dejando que ese encanto despreocupado suyo se colara en la sala como un rayo de sol entre las cortinas.
—Bueno —dijo alzando su copa—, supongo que debería empezar a practicar cómo caminar sin tropezar con un esmoquin. Hace tiempo que no voy a un evento formal, y nunca se me han dado bien.
Eliza sonrió mientras acomodaba la servilleta sobre su regazo.
—Tal vez deberías sacarme más seguido —bromeó antes de mirarme—. La última vez que me llevó a un sitio elegante, terminó derramando el vino por toda la mesa y arruinó mi vestido.
Me mordí el labio para contener la risa.
—Fue una sola vez, y fue un accidente —replicó Taylor con fingida ofensa—. Además, te compré otro, ¿no?
—Sí —admitió ella, inclinándose para darle un beso rápido—, uno incluso mejor.
—No soy tan terrible —repuso él, encogiéndose de hombros.
Eliza soltó una risita, y no pude evitar sonreír ante su muestra de cariño.
Ambos vivían tan absortos por el trabajo que a veces olvidaba que eran una pareja destinada, una unión real y amorosa. Me alegró verlos así, saber que se tenían y que permanecerían juntos sin importar lo que la vida les arrojara, ninguna distancia podía romper su vínculo de compañeros.
También me pregunté si Gavin y yo llegaríamos a ese punto algún día. A veces sentía que nuestro lazo aún era frágil, quizá porque seguía siendo nuevo.
Irene también observaba a Taylor y Eliza, aunque su expresión era más seria. Sabía en qué pensaba: en Chuck.
Chuck, su compañero, que vivía en la Manada Espina Sangrienta y que aún no la había invitado a mudarse con él ni había intentado reclamarla del todo. El hombre del que estaba convencida de que veía a otras mujeres cuando no estaba con ella, aunque no se atrevía a decirlo en voz alta.
Este viaje no era solo unas vacaciones familiares para ella… ni para mí.
Era una misión; queríamos saber si era cierto.
Si el hombre del que se enamoró en estos últimos meses, realmente la estaba engañando, convirtiéndola en el hazmerreír de todos.
Me dolió el pecho solo con imaginar que algo así pudiera volver a pasar. Irene merecía un final feliz, y la idea de otro hombre jugando con ella de la misma forma, me resultaba insoportable.
La conversación cambió de rumbo hacia temas de negocios entre Gavin y Taylor.
Escuché el nombre de Zachary Blackwell un par de veces, y la sangre se me heló al oírlo.
No volví a tener sueños como el de hacía unas noches, pero aún escuchaba la voz de la anciana resonando en mi cabeza, algo imposible de olvidar.



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