Punto de Vista en Tercera Persona
Lila permanecía en el centro de su habitación, con la mirada fija en la Gema Lunar que descansaba sobre el tocador. Alguna vez había brillado con fuerza, pero ahora su luz apenas palpitaba, débil, como si estuviera enojada.
La piel en la base de su cuello seguía enrojecida y ampollada por la quemadura de hacía apenas unos minutos.
Desde aquel intento fallido por activarla con su sangre, no se había atrevido a volver a usarla.
Tenía que funcionar, era su derecho de nacimiento.
Las brujas contaban que su magia había sido sellada dentro de esa gema desde el día en que nació, porque siendo un bebé, su cuerpo no podía contener un poder tan grande, por eso la extrajeron y la guardaron hasta que ella fuera lo suficientemente fuerte.
Según una de las brujas más cercanas a la familia, bastaba con su sangre para activarla. Pero el intento no resultó; solo pareció enfurecer a la gema lunar.
Desde el ritual que hizo en el bosque con Daisy, la piedra se había vuelto tan caliente que no podía volver a ponérsela.
Ese día creyó que, por fin, se había enfriado lo suficiente, pero se equivocó, ya que en cuanto la cadena rozó su piel, el calor fue insoportable, tuvo que arrancársela, y el collar cayó roto al suelo.
—Póntela otra vez —escuchó una voz desde la puerta del balcón.
Lila se giró y vio a Daisy apoyada contra el marco.
Sus ojos estaban enrojecidos por las lágrimas, y sus mejillas, todavía encendidas por el esfuerzo de haber trepado hasta el balcón.
No era la primera vez que llegaba así; no le permitían entrar por la puerta principal y hacía todo lo posible por evitar a Noah.
Lila no podía culparla, su hermano era un imbécil, y no tenía perdón por lo que le había hecho.
—¿Crees que no lo intenté? —preguntó con una risa amarga, quebrada—. La maldita cosa me quemó.
Se giró para mostrarle la marca rojiza en el pecho y Daisy dio un paso adelante, frunciendo el ceño.
—¿Cómo es posible? —susurró.
—Me está rechazando —respondió Lila con la voz temblorosa y los ojos llenos de lágrimas—. No sé qué significa. Se suponía que era mi herencia, mi sangre.
Daisy miró fijamente la quemadura antes de desviar la vista hacia la gema.
—Quizá no sea tu sangre la que necesita —dijo en un tono distante—. Tal vez nunca te perteneció.


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