Punto de Vista de Judy
Cuando aparqué frente a la villa, las luces se extendían sobre la piedra como un suave resplandor dorado. No debía parecer acogedor, sin embargo, lo era. De hecho, parecía un escenario vacío, esperando a que entraran los actores.
Sabía que Gavin no estaría allí, pero mi loba igualmente gimió ante su ausencia, necesitaba a mi compañero más que nunca, su presencia habría traído algo de estabilidad a un mundo que parecía haberse puesto patas arriba.. Enterarme del destino de mi madre biológica casi había terminado por destruirme.
Me pregunté cuál era su familia… de qué familia provenía yo. Más allá de su identidad, ¿sabrían que yo seguía viva? ¿Alguna vez pensarían en mí, del mismo modo en que yo pensaba en ellos?
Intenté convencerme de que estaba bien, que el trayecto de regreso me había ayudado, que respirar con la mano sobre el vientre me había ayudado, que poner distancia con todo lo que había descubierto me había ayudado, pero en cuanto crucé el umbral de la mansión y Adam me saludó dedicándome una leve inclinación de cabeza, mi mente volvió a esa mesa de cocina donde mi historia y todo en lo que creía, se habían derrumbado.
Solo había una verdad que no podía ignorar: provenía de una familia tan poderosa que mi madre había tenido que huir y esconderme con los Montague. Estaba tan aterrada que prefirió renunciar a mí antes que arriesgarse a que me encontraran.
Tragué con dificultad, mis manos temblaban sin que pudiera controlarlas.
—¿Hay alguien más en casa? —le pregunté a Adam, que seguía en su puesto junto a la puerta.
—Solo Irene —respondió—. El señor Matthew está en la escuela, y el Alfa Landry en su oficina, pero volverá en un par de horas.
Asentí, sintiéndome frágil, vulnerable.
Entré a la cocina. El murmullo de las conversaciones se interrumpió en cuanto crucé la puerta. El personal me observó un instante, forzando sonrisas antes de inclinar la cabeza.
—Buenas tardes, futura Luna —me saludó una de las empleadas—. Hay un plato preparado en el refrigerador, por si tiene hambre.
No tenía hambre, pero le sonreí con cortesía.
No me ayudó mucho, quizá porque seguía sintiendo las miradas del personal, que trataban de disimular mientras limpiaban y preparaban la cena.
Tomé la taza y me dirigí al salón trasero, donde me acurruqué en el extremo del sofá, justo en el rincón desde el que podía mirar el fuego sin sentirme sofocada. La luz era tenue. El eco de Gavin arrodillado frente a mí, su risa y su olor, flotó en la habitación vacía, empujando la soledad que me apretaba el pecho.
Me dije que debía dejar ir todo lo ocurrido durante el día, que estaba a salvo, era amada, y lo tenía todo… pero, ¿por qué eso no bastaba? ¿Por qué me sentía tan perdida?
Dejé la taza sobre la mesa y apoyé las manos en mi vientre. Sentí el suave aleteo de mi bebé y una oleada de calidez recorrió mi cuerpo. Iba a ser madre, y no podía imaginar tener tanto miedo como para renunciar voluntariamente a mi hijo.
—Jamás me alejaría de ti… —susurré—. Estamos juntos en esto, te amo con todo mi corazón.
Las lágrimas me ardieron en los ojos y tuve que parpadear para evitar que cayeran, lo último que necesitaba era que alguien entrara y me viera llorando como una niña.

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