Aferrarse a lo que ya no fue es castigarse uno mismo; dejarlo ir es reconciliarse con lo que llevamos dentro.
Fernando quedó impactado por la determinación de Daisy, y por poco no pudo ocultar la admiración y el cariño que empezaban a desbordarsele por dentro.
Por suerte, Daisy no lo notó.
Fernando, ansioso, se apresuró a seguirle el paso, y justo antes de que Daisy se sentara, le acercó la silla con toda la cortesía de un caballero.
Vanesa, desde su lugar, vio absolutamente todo.
El foie gras más fino del menú, que tenía en su plato, de repente le supo a nada.
Daisy, después de un día agitado, en verdad ya tenía hambre.
Fernando le pidió que eligiera lo que quisiera, y ella, sin pena, pidió varios de sus platillos favoritos.
Eso a Fernando le pareció de lo más auténtico.
Y entonces, sin poder evitarlo, se preguntó cómo había sido antes.
¿En qué momento había pensado que Daisy era tan falsa o exagerada?
Se puso a recordar.
La Daisy de antes siempre giraba en torno a Oliver, todo lo que hacía era por él, se olvidaba de sí misma por completo.
Como decía Luis, era lo que llaman una “lamebotas” en toda la extensión de la palabra.
Ni aunque llegara el fin del mundo se habría separado de Oliver.
Pero el fin del mundo no llegó, y aun así Daisy y Oliver terminaron por tomar caminos distintos.
...
Era la hora de la cena y el restaurante estaba bastante concurrido.
En la mesa junto a ellos, una familia de tres compartía la comida. La niña, después de que su mamá la alimentó bien, bajó de la silla y empezó a rodear la mesa jugando.
Al pasar junto a Daisy, de repente se le acercó y se recargó en su regazo.
—Señorita, qué bonita eres.
La mamá la llamó desde la mesa:
—Yoli, no molestes a la señorita mientras come, ven para acá.
Daisy se apuró a sonreír.
—No pasa nada, señora.
Al mismo tiempo, acarició con ternura la cabeza de la niña, y su voz se le suavizó sin darse cuenta.
—Qué linda eres, mi vida.
—La señorita es más bonita.
El corazón de Daisy se derritió por completo con la ternura de la niña, y sin poder evitarlo, se le dibujó una sonrisa suave en los labios; hasta su mirada se volvió más cálida.
—¿Te gustaría comer pudín? Este pudín de caramelo está delicioso.
En el pasado... ella también se había hecho esa pregunta.
Incluso un día se la hizo a Oliver; le preguntó cuántos hijos le gustaría tener.
Oliver, distante, le respondió que no le gustaban los niños.
Ella le creyó y se sintió decepcionada durante mucho tiempo.
Incluso llegó a consolarse pensando: si no le gustan, entonces no tendremos hijos. Y así fue como durante siete años ambos se cuidaron de manera estricta.
Si alguna vez se les olvidaba, Oliver detenía todo de inmediato.
No importaba cuánto le costara, prefería ir a enfriarse a la regadera antes que tocarla.
La única vez que hubo un embarazo accidental fue porque él había bebido demasiado y perdió el control.
Al día siguiente, ambos tuvieron que tomar un vuelo con escalas al extranjero, más de veinte horas de viaje, y al aterrizar los esperaba una reunión de negociación de alto nivel...
Después de eso, Daisy cayó rendida y se quedó dormida, olvidándose por completo del tema de cuidarse.
Así llegó ese hijo inesperado... que también se fue de manera inesperada.
Ahora, al recordar todo, Daisy sentía que había sido demasiado ingenua.
Oliver no era alguien que no quisiera hijos.
Simplemente, no quería tenerlos con ella.

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