Daisy no le hizo caso al desprecio de Benjamín y, sin perder la calma, se acercó al área de registro para anotarse.
El personal, siguiendo el protocolo, le pidió que mostrara su invitación.
Daisy abrió su bolso, pero al buscar dentro, se dio cuenta de que la invitación no estaba ahí.
Rebuscó con nerviosismo, sacando y metiendo cosas, pero la invitación había desaparecido.
Mientras tanto, más gente llegaba y la fila comenzaba a crecer. El trabajador, viéndose presionado, insistió:
—Señorita, necesito que muestre su invitación, por favor. Sin invitación no puede entrar, le pido que nos ayude con esto.
—Lo siento, déjeme buscar un poco más —respondió Daisy, haciéndose a un lado para no estorbar a los demás.
Benjamín, al notar la situación, soltó una carcajada desdeñosa.
—Mira nada más, la que se cree importante...
Pensaba que esto era cualquier reunión, ¿no? ¿De verdad creía que podría entrar como en los viejos tiempos, usando trucos o su apariencia?
¡Qué ingenua!
Benjamín apartó la mirada con desdén, sin molestarse en prestarle más atención. Caminó directo al salón del evento, dejando a Daisy atrás.
Daisy nunca se imaginó que perdería la invitación. Se sintió impotente, pero no le quedó más remedio que sacar su celular y escribirle a Camilo.
Sabía que Camilo debía estar ocupado y probablemente no podría contestar una llamada, así que optó por enviarle un mensaje.
Ya preparada para esperar un buen rato, se quedó de pie, observando cómo las demás personas llegaban una tras otra.
Entre los recién llegados estaban Oliver y Vanesa.
En cuanto Vanesa bajó del carro, reconoció a Daisy y se detuvo, sorprendida.
Habían elegido el mismo estilo de vestido: ambos negros, de tirantes al cuello y con el mismo tipo de tela.
Lo único que diferenciaba a Daisy era que no llevaba joyas caras. En vez de eso, tenía una bufanda de seda atada a la tira del vestido, que caía suavemente sobre su hombro y descendía hasta la cintura.
Cuando el viento soplaba, la bufanda ondeaba con elegancia, dándole a Daisy un aire sofisticado y radiante.
Mucho más llamativa que cualquier joya.
Eso hizo que a Vanesa se le revolviera el estómago de envidia.
Daisy ni siquiera la miró; estaba concentrada revisando su celular, esperando la respuesta de Camilo.
Oliver condujo a Vanesa hasta el registro y entregó la invitación.
Uno de los empleados, mientras tomaba la invitación, preguntó a su compañero:


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