Daisy giró la cabeza hacia Vanesa, quien se aferraba a su brazo con un gesto cariñoso, y le habló con una voz que, aunque normalmente era distante, ahora sonaba suave.
—Si sigues de pie tanto tiempo con esos tacones, seguro te va a doler. Mejor vamos a buscar un lugar para sentarnos un rato.
—Sí, me parece bien.
Ambas se alejaron del bullicio, tan pegadas la una a la otra que parecía que nada ni nadie podría separarlas.
Daisy bajó la mirada hacia sus propios tacones y, sin decir palabra, esbozó una sonrisa llena de resignación.
Recordó cómo, cuando aún estaba en la universidad, se la pasaba platicando con Camila sobre lo que consideraba una verdadera tortura: ¡los tacones de aguja! Los ponía en la lista de los peores castigos inventados por la humanidad.
Ya en la vida profesional, no le quedó de otra más que aceptar el disfraz de adulta y calzarse aquellos zapatos que siempre había odiado. El primer año fue un suplicio: las heridas en los pies nunca sanaban. En su botiquín sólo había espacio para curitas y todo tipo de parches para el dolor.
Torceduras, ampollas, rozaduras… ya ni los sentía. Lo peor fue aquella vez que se fracturó un dedo del pie sin darse cuenta; pensó que sólo era culpa del zapato apretado. Aguantó todo el día, acompañando a Oliver en la revisión de un proyecto. Al final, el dolor era tal que terminó en el hospital, donde le dijeron que tenía el dedo roto.
El doctor le reclamó por descuidada, sorprendido de que no notara algo así. Camila le regañó por no cuidarse, y de paso le echó una bronca a Oliver por no tratarla mejor. Incluso amenazó con ir a cantarle unas cuantas verdades, pero Daisy la detuvo.
En esa época Oliver andaba sumergido en dos proyectos cruciales, apenas si tenía tiempo para dormir. A Daisy no le nacía cargarlo con sus propias preocupaciones, así que hasta la fecha Oliver no tiene idea de que Daisy alguna vez se rompió un dedo del pie usando tacones.
Lo mismo pasó cuando ella terminó en el hospital por una hemorragia estomacal después de una noche llena de brindis y compromisos sociales…
En esa relación, Daisy sólo supo entregarse y darlo todo, sin esperar nunca nada a cambio. Para ella, amar era un acto voluntario, una entrega genuina y desinteresada. Así lo creía, así lo vivía con Oliver.
Pero la vida le mostró que tenía razón solo en parte. Amar sí es entregarse sin reservas, pero la persona a la que Oliver deseaba entregarse por completo era Vanesa, no ella.
La esperanza de ser correspondido es el último espejismo al que uno se aferra. Soltarlo es hallar la libertad.
Tal vez por eso, justo en este momento, le parecía que sus propios zapatos eran lindos. Y, curiosamente, sentía que le quedaban perfectos.
...
—¿Qué te tiene tan contenta? —La voz de Camilo la sacó de sus pensamientos. No supo en qué momento él se había acercado. Al ver la sonrisa de Daisy, la curiosidad pudo más.

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