Antes de que la verdad saliera a la luz, Benjamín estaba convencido de que su juicio era correcto.
¿Y por qué la señora Ferrer confiaba tanto en Daisy?
Probablemente Daisy la había manipulado.
Esa mujer tenía una mente mucho más retorcida de lo que él imaginaba.
Sin embargo, en el momento en que todo se aclaró, Benjamín guardó silencio.
Las cámaras de seguridad lo mostraban todo con claridad: Daisy se tropezó con la alfombra, y como traía puestos unos tacones altísimos, perdió el equilibrio y terminó cayendo hacia adelante.
Camilo, por su parte, solo la sostuvo por puro instinto y cortesía para evitar que se lastimara.
En cuanto Daisy recuperó el equilibrio, ambos se apartaron de inmediato.
Desde el principio hasta el final, no hubo nada inapropiado entre ellos.
El semblante de Benjamín se endureció y apretó los labios, visiblemente tenso.
Solo la señora Ferrer mantuvo una expresión serena, como si nada la sorprendiera.
Ya con la verdad expuesta, no tenía sentido seguir perdiendo el tiempo, así que decidió despedirlo de manera directa:
—Presidente Castillo, lamento decirle que no me siento bien, así que no lo retendré más. Además, espero que cumpla su palabra y vaya usted mismo a pedirle disculpas a la señorita Ayala.
El rostro de Benjamín se ensombreció aún más, pero ya que había dado su palabra, aunque no quería, no le quedó más remedio que cumplir.
...
La fiesta estaba llegando a su fin y Daisy se preparaba para acercarse a saludar al señor Ferrer antes de despedirse.
Sin embargo, alguien se le adelantó.
Eran Oliver y Vanesa.
Vanesa había estado esperando toda la noche para tener una oportunidad de hablar con Camilo.
Aunque la excusa era despedirse, en realidad quería prolongar la conversación lo más posible.
Camilo seguía mostrándose igual de distante y cortante con ella.
Vanesa no pudo evitar sentirse desanimada, como si estuviera luchando en vano.
Esa sensación ya la había experimentado antes, especialmente con Mario.
Oliver la miró de reojo, dándole una señal para tranquilizarla.
Siempre que algo así ocurría, Oliver la protegía.
Jamás permitía que alguien la humillara, ni un poco.
Era el novio perfecto, siempre atento, siempre dispuesto a defenderla.
Pero también era el mismo novio que, durante siete años, había sido distante y seco con Daisy.
Todo dependía de la persona.
—Señorita Castaño, ¿cuándo la hemos ofendido? —Oliver se puso delante de Vanesa y encaró a la otra mujer con el tono más serio que pudo.
—Por supuesto que nunca. —Fabiola, muy tranquila, se encogió de hombros—. Solo tenía ganas de soltar una queja, presidente Aguilar. No lo tome personal.
Lo dijo con tal habilidad que si Oliver se enojaba, era como admitir que el comentario era para él.
Si no decía nada… pues era como aceptarlo.
En ese momento, Daisy por fin recordó quién era la famosa señorita Castaño.
Un par de años atrás, Oliver había salido de fiesta con Fernando y otros amigos, se le hizo tarde y le llamó para que fuera por él. Ahí fue donde la vio por primera vez.

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