¡Las juntas sí que son aburridas!
Nada que ver con lo divertido que es enterarse de chismes.
Pero, ¿por qué nadie quiere platicar chismes con él?
Vanesa también notó que el asiento de Daisy estaba vacío y su mirada se oscureció un poco.
La sospecha que le cruzó por la cabeza hace unos minutos, en ese instante pareció confirmarse.
En sus ojos se asomó una sombra de decepción.
Por la noche, Yeray sí se presentó a la reunión, pero fue solo.
Luis le preguntó por qué no había traído a la mujer de la mañana.
Yeray sonrió con gusto.
—A ella no le gustan mucho estas reuniones donde todos están tomando.
—¿Ah, ya la estás cuidando tanto? —le soltó Luis, con tono picado—. ¿Quién es la afortunada que te tiene así de embobado?
—¿Para qué te adelantas? Ya lo sabrán en su momento.
—¿Y cuándo será eso? ¿Cuando se casen o cuando tengan un hijo?
—Podría pasar cualquiera de las dos cosas.
Luis pegó un salto.
—¿Me estás diciendo que sí piensas casarte?
—Sí —respondió Yeray con toda seguridad.
Vanesa, sentada justo enfrente de ellos, escuchó cada palabra. Su expresión se endureció de inmediato.
Había estado con Yeray más de seis años y jamás lo había oído hablar de matrimonio.
Aunque alguna vez le insinuó el tema, él nunca mostró interés.
Pero ahora, de pronto, decía que tenía planes de casarse.
Vanesa apretó el vaso entre las manos, el color se le fue del rostro.
Lástima que nadie se fijó en su reacción.
Yeray, como sin querer, lanzó una mirada hacia Oliver.
Él, impasible, seguía observando la mesa, sin mostrar señal alguna de interés por la conversación.
Luis, después de varios intentos fallidos de sacarle información a Yeray, terminó por rendirse.
Cuando se giró para servirse más licor, notó que Oliver ya se había bajado casi media botella sin que nadie lo notara.
—Oli, ¿qué te pasa? —preguntó Luis, agitando la botella casi vacía—. Aquí no estamos en ninguna comida de negocios, ¿para qué te atascas de alcohol?
Oliver contestó con calma.
—Estoy entrenando mi aguante.
—¿Para defender a Vane cuando le quieran dar de tomar?
—Hace poco. No tienes idea, la señora Vargas adoró a Daisy en cuanto la conoció; durante toda la conferencia no dejó de platicar con ella. Escuché a mi papá decir que el señor Vargas, desde la primera vez que vio a Daisy, quiso presentársela a Fernando. Pero Daisy lo rechazó. Ese Fernando sí que sabe guardar secretos, ni una pista dejó escapar.
El ceño de Yeray se fue tensando más y más.
...
Daisy terminó de hablar por teléfono con Ricardo y ya eran más de las diez de la noche.
Ambos estaban tan metidos en la plática que se les fue el tiempo volando.
Si no hubiera sido porque la señora Saavedra les recordó la hora, seguro seguían conversando un buen rato más.
Para Ricardo, era la primera vez que encontraba a alguien con quien compartía tantos puntos de vista.
Siempre había pensado que Daisy era lista, capaz y que además tenía una belleza singular.
Pero ahora, entendía que todas esas cualidades quedaban cortas ante su verdadero encanto.
Él, que había sido desgastado por la vida y ya estaba resignado a dejarse llevar, terminó contagiado por el entusiasmo de Daisy.
Le aseguró que en estos días regresaría a San Martín para tener una charla en persona con ella.
Con ese asunto resuelto, Daisy dejó el celular a un lado, lista para ir a bañarse y descansar.
Pero el celular volvió a sonar.
Al mirar la pantalla, vio un número familiar.
Tan tarde, ¿qué querría Oliver llamándole a estas horas?

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