—¡Empresarios corruptos, lárguense de San Martín!
A través de la multitud, Daisy alcanzó a ver a Oliver y Vanesa, acorralados por una nube de periodistas.
Los dos parecían recién llegados, caminando a paso apresurado hacia la salida.
Jamás imaginaron que algún medio recibiría el aviso y que los reporteros los esperarían desde temprano.
Si los medios podían enterarse, los activistas ambientales también. Las consignas que se escucharon hace un momento provenían justo de ellos.
No solo fueron a protestar con pancartas y gritos, sino que también lanzaron huevos podridos a los responsables.
Oliver no se despegó ni un segundo de Vanesa, siempre protegiéndola para que los reporteros no le tomaran fotos.
Cuando el primer huevo voló directo hacia ellos, Oliver se interpuso de inmediato, usando su propio cuerpo como escudo para Vanesa.
Daisy lo vio todo con claridad.
Su expresión se suavizó un poco. Aquella escena le resultó familiar, como si la vida le pusiera un espejo de su propio pasado.
Recordó la vez que ella también se lanzó sin pensarlo para protegerlo de un ataque igual, recibiendo los huevos podridos en su lugar.
En ese instante, el celular de Daisy sonó. Era Camila.
Daisy apartó la mirada y contestó la llamada. Esa extraña emoción que la invadió por un segundo se desvaneció, dejando solo la calma de quien ya se espera cualquier cosa.
—¿Todo bien, saliste ya? —preguntó Daisy con preocupación.
—¡Ay, me torcí el pie! —sollozó Camila al otro lado.
Sin perder tiempo, Daisy fue por Camila y la llevó directo al hospital para que atendieran su lesión.
Mientras el doctor revisaba a Camila, no dejó de arrugar la frente y lanzar miradas reprobatorias a los tacones que llevaba puestos en el otro pie.
Al final, ya sin poder aguantarse, le soltó una reprimenda:
—Entiendo que quieran verse bien, pero ¿no crees que esos tacones están demasiado altos? Además, tú ya eres alta, ¿para qué ponerte eso? Si no te torcías tú, no se torcía nadie.
Camila, avergonzada, se frotó la nariz.
—Es que me asignaron un papel de agente secreta y tengo que pelear usando tacones. Estoy tratando de acostumbrarme de una vez.
El doctor solo negó con la cabeza, sin palabras.
Después de la consulta, Daisy ayudó a Camila a bajar las escaleras para volver a casa.
...
Matías ya estaba despierto. Al verlo entrar, se giró hacia la pared, dándole la espalda.
No había duda: no quería ni verlo.
Luis se sintió peor. Bajó la cabeza y murmuró con culpa:
—Papá, perdón.
El silencio se apoderó del cuarto. Tras un largo rato, Matías soltó un suspiro profundo.
—Ya, ya —dijo, resignado—. Fui yo quien te exigió demasiado. Siempre supe que los negocios no eran lo tuyo y aun así puse todas mis esperanzas en ti, pensando que podrías salvar el Instituto Quirúrgico Valle Verde... Qué idea tan absurda.
Mientras más hablaba, más se encorvaba Luis, tragándose la vergüenza.
—Avísale a todos: el lunes habrá junta de accionistas. Yo mismo estaré presente.
A Luis se le heló la sangre. Los ojos se le pusieron rojos.
—¿Papá, qué vas a hacer?
—¿Qué más puedo? ¿Crees que puedo hacer algo en este estado? —Matías soltó una risa amarga—. Ahora solo queda anunciar la quiebra. ¿Qué otra opción tengo?

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