Al principio, Daisy estuvo revisando unos documentos de trabajo en su celular, pero a medida que el carro empezaba a dar tumbos, levantó la vista. El paisaje ya no era el de una zona concurrida.
—¿Falta mucho? —le preguntó al chófer.
—La gala es en una finca en la montaña, por eso está un poco lejos —explicó él.
Daisy no dijo nada más, pero una sospecha comenzó a inquietarla. Le pidió la ubicación a la señora Ferrer. La respuesta la dejó helada: el chófer no la había encontrado. Le preguntaba si ya había pedido otro carro.
En ese instante, comprendió que ese no era su transporte. Sin perder la calma, le envió su ubicación a la señora Ferrer mientras su otra mano se aferraba a la manija de la puerta, calculando el riesgo de saltar a esa velocidad. El carro avanzaba por una carretera de montaña sinuosa y no iba demasiado rápido.
Sin dudarlo, abrió la puerta y saltó.
El impacto contra el asfalto fue brutal. Vio estrellas. El chófer frenó en seco y bajó del carro con un bate de béisbol en la mano.
—¡Qué agallas tienes, desgraciada! —masculló.
Cuando Daisy intentó levantarse, descubrió que se había torcido el tobillo. Era una torcedura grave. El dolor agudo la hizo caer de nuevo. El hombre ya estaba sobre ella. Sus ojos saltones la recorrieron con una sonrisa lasciva.
—De lejos parecías guapa, pero de cerca lo eres aún más.
Lleno de malas intenciones, la agarró del pelo y la arrastró hacia el carro.
—¡Suéltame! —gritó, luchando con todas sus fuerzas.
Pero la fuerza del hombre era abrumadora. La subió al carro a rastras.
—¡Te he dicho que me sueltes!
Harto de su resistencia, el hombre la golpeó con fuerza en la nuca. Un dolor sordo y, después, la oscuridad.
Cuando despertó, tenía los ojos vendados. Una mordaza de cinta adhesiva le sellaba la boca. Estaba atada de pies y manos, completamente inmovilizada.

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