—Un champiñón fuerte.
—¿Y yo?
—Un champiñón bonito —respondió la niña, parpadeando.
—¿Por qué quieres ser un champiñón fuerte?
—Para que nadie se atreva a meterse conmigo —murmuró la niña, haciendo un puchero.
A Daisy se le encogió el corazón. Le rozó suavemente la ropa, con cuidado de no asustarla. La niña se estremeció, pero no se apartó.
—¿Puedo ser un champiñón aún más fuerte? Así podré protegerte.
La niña la miró fijamente durante un largo rato antes de asentir.
—Entonces serás un champiñón fuerte y bonito.
Cuando la señora Ferrer las encontró, la niña dormía plácidamente en la cama de Daisy.
—¿Cómo lo has conseguido? —le preguntó, asombrada—. Yo tardé casi un año en ganarme su confianza.
Tras escuchar la explicación de Daisy, la señora Ferrer sonrió.
—Tienes un don. —Su tono se volvió serio—. El médico te dijo que descansaras. Tienes que obedecer.
Daisy se encogió, sumisa.
—¡Parece que solo la señora Ferrer puede contigo! —bromeó Miguel—. A mí no me haces caso, pero a ella sí. ¡Debería venir más a menudo!
Daisy no supo qué decir.
Cuando la señora Ferrer y Camilo se fueron, Miguel no pudo contenerse.
—¡Daisy, tengo un chisme bomba!
Bueno, ese desenlace también encajaba. Digno de su profundo amor. Daisy sonrió con ironía y no preguntó más.
Pasó otros tres días en el hospital hasta que se recuperó por completo. El día del alta, Camilo fue a recogerla. Por fin tuvo la oportunidad de aclarar sus dudas.
—¿Alguien resultó herido al rescatarme?
—Sí, pero ya está casi recuperado. Se le ha recompensado generosamente, no te preocupes.
—Quisiera agradecérselo en persona. Arriesgó su vida por mí.
—Qué lástima, se fue ayer a su pueblo. Pero no te preocupes, es su trabajo.
Daisy se sintió un poco decepcionada, pero como iba a tener que viajar a menudo a Isla Palmera, supuso que tendría la oportunidad de agradecérselo más adelante.
Camilo la acompañó hasta el aeropuerto. Cuando el avión aterrizó en San Martín, ya era de noche. El aeropuerto estaba desierto. Mientras se dirigían a la salida, un grupo de personas salió a toda prisa por la terminal VIP.
—Creo que es el presidente Aguilar —susurró Miguel.

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