La habitación estaba en silencio, las cortinas se mecían suavemente con la brisa nocturna.
Al caer la noche, empezó a llover.
Las lluvias de verano siempre eran intensas y se colaban con facilidad por las ventanas.
Una enfermera pasaba revisando que las ventanas de cada habitación estuvieran cerradas.
Cuando llegó a la de Daisy, un fuerte trueno la despertó.
—Tranquila, solo es un trueno. Vine a ver si la ventana estaba cerrada —se apresuró a explicar la enfermera.
—No está cerrada. Por la tarde sentía el ambiente pesado y la abrí para que se ventilara —dijo Daisy, mirando hacia la ventana.
Entonces, se quedó perpleja.
La ventana estaba cerrada.
La enfermera también lo vio.
—Seguro que alguna de mis compañeras te la cerró. No te preocupes, sigue durmiendo.
La enfermera salió de la habitación, que volvió a quedar en silencio.
Daisy también supuso que otra enfermera la había cerrado, así que no le dio más vueltas.
Al volver a acostarse, se dio cuenta de que el aire acondicionado estaba a veintiséis grados.
Su temperatura preferida.
Por la tarde, como había abierto la ventana para ventilar, había bajado un poco la temperatura y se le había olvidado volver a ajustarla antes de dormir.
Seguramente la enfermera, al cerrar la ventana, también le había ajustado la temperatura.
Después de todo, el personal de ese hospital era bastante atento y responsable.
A la mañana siguiente, Daisy tenía análisis, así que Miguel llegó muy temprano para acompañarla.
—¿Dormiste bien anoche, Daisy?
—Sí, bastante bien.
—Qué bueno, me preocupaba que la tormenta de anoche te hubiera quitado el sueño.
A pesar de ser muy temprano, en el laboratorio del hospital ya había una fila.
—Daisy, siéntate aquí y espera. Yo hago fila y te llamo cuando sea nuestro turno —dijo Miguel, buscándole un asiento.
Apenas se sentó, Daisy vio a Oliver en la fila.
Parecía que había llegado muy temprano, porque estaba casi al principio.
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