—Anoche alguien me dio un remedio para la cruda y me puso compresas calientes, por eso no me siento tan mal ahora —explicó Daisy.
Miguel, siempre imprudente, preguntó:
—¿Quién? ¡Es más atento que yo!
Daisy se quedó callada.
No podía decirle a Miguel que un chico de compañía la había cuidado. Iba a malinfluenciar al muchacho.
Después de todo, él todavía creía en el amor.
Apenas Daisy terminó de desayunar, Camila regresó.
Venía toda decaída.
—¿Ya desayunaste? —le preguntó Daisy.
Camila dijo que sí. Se mesó el cabello con frustración y dijo:
—Va, hora de confesar.
Daisy no había ido a la oficina hoy, esperando justamente esas palabras.
El problema era, ¿por dónde empezar?
Camila no tenía ni idea.
Pero la Daisy de hoy tenía paciencia de sobra para escuchar su historia.
—La verdad es que es una historia bien de telenovela. Mi papá y el papá de Pedro eran compadres del alma. Luego se asociaron para poner un negocio y les fue muy bien. Después mi papá se casó y nací yo; en una de esas borracheras de celebración, pactaron un compromiso entre Pedro y yo para cuando creciéramos.

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