—Supongo que ya habrás adivinado lo que pasó después —continuó Camila—. Antes de morir, el papá de Pedro lo amenazó con la herencia para obligarlo a casarse conmigo. Así que Pedro me buscó y firmamos un acuerdo privado: nuestro matrimonio solo duraría tres años.
—En ese tiempo, ninguno de los dos podía revelar que estábamos casados. La multa por abrir la boca era de cincuenta millones. Como sabes, yo no tenía ni un centavo, así que no me atreví a decírselo a nadie, ni siquiera a ti. Y si alguno rompía el contrato antes de tiempo, la penalización subía a trescientos millones.
—Cuando el plazo estaba por cumplirse, la abuela de Pedro enfermó. Aparte de ti y de Cintia, la abuela es la única persona en este mundo que me ha tratado bien. Por su salud, renovamos el contrato otros tres años, y la cláusula de penalización subió a quinientos millones.
Camila soltó un largo suspiro.
—Pero ya casi se acaba. Ya voy a salir de esta.
Ahora contaba los días con los dedos. ¡Y vaya que tenía esperanza!
—Si no quieres seguir, puedo buscar un abogado para negociar con Pedro —ofreció Daisy, temiendo que su amiga se estuviera sacrificando.
Camila negó con la cabeza.
—Ya aguanté cinco años, no pasa nada por aguantar un mes más. Lo hago porque en su momento él me salvó la vida.
Recordó cuando su tío la había secuestrado para entregarla a aquel viejo rabo verde; fue Pedro quien llegó a tiempo para salvarla.
Tenía esa deuda pendiente.
Por eso, no importaba qué tan mal se portara Pedro, ella nunca decía nada.
Lo tomaba como un pago a su deuda.
Daisy, por supuesto, respetaba la decisión de Camila.
Sin embargo, Camila le soltó otra bomba.
Tomó la mano de Daisy, la puso sobre su vientre todavía plano y le dijo con una sonrisa:
—Vas a ser tía.
Daisy abrió los ojos como platos, muda de la impresión.
Justo cuando iba a decir algo, Camila le hizo un gesto de silencio.
—«Ese perro» no sabe nada, y no planeo decírselo.
El bebé había llegado en mal momento, es verdad.
Acostumbrada a cerrar tratos en bares o antros, era la primera vez que iba a un lugar tan elegante; sintió que el ambiente la purificaba.
—¿Por qué no vino Camila?
La presidenta Zamora había hecho buenas migas con Camila y preguntaba por ella.
—Iba a venir, pero tenía cita médica y no alcanzó a llegar —mintió Daisy para cubrirla.
No era una revisión cualquiera, era el control prenatal.
—Bueno, ya nos juntaremos a la próxima —dijo Zamora, mujer de trato fácil, sin indagar más.
Después de cenar, Zamora dudó un momento antes de soltar la sopa.
—Hace un par de días me encontré al presidente Aguilar en una cena.
Daisy se detuvo un instante mientras servía el té, pero enseguida recuperó la compostura y dijo con indiferencia:
—¿Ah, sí? Qué casualidad.

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