La mirada de Pedro se heló de golpe y su tono se volvió duro e inflexible:
—Este es un asunto entre Camila y yo, abuela. No te metas.
—Además, no me voy a divorciar de ella.
La Abuela Castaño sintió una punzada en el corazón del puro coraje.
—¡Estás echando a perder la vida de Camila! Si no la amas, ¿con qué derecho la retienes?
—Dame algo de tiempo, voy a investigar a fondo lo que pasó —insistió Pedro con frialdad—. Ese también era mi hijo, no voy a dejar que su pérdida sea en vano.
La abuela Castaño negó con la cabeza.
Estaba profundamente decepcionada de Pedro.
Solo le soltó dos palabras:
—Demasiado tarde.
Cuando la Abuela Castaño se fue, Pedro se buscó los cigarros en el bolsillo del pantalón con frustración.
Pero como ahí no se podía fumar, bajó solo hasta encontrar la zona de fumadores.
Encendió uno tras otro, fumando sin parar hasta que la cajetilla quedó vacía.
Sin embargo, el tabaco no logró calmar sus nervios.
Seguía inquieto.
Su mente estaba llena de la imagen de Camila acostada en la cama del hospital, con los ojos cerrados y las lágrimas rodando en silencio por sus mejillas.
Pedro sintió un pánico creciente.
Jimena volvió a llamar.
Ese teléfono, que antes contestaba al primer timbrazo, fue ignorado una vez más.
Se masajeó las sienes con una mano, tratando de consolarse a sí mismo.
Camila no podía pagar la penalización del contrato, así que definitivamente no le pediría el divorcio por iniciativa propia.
Además, ella adoraba a la abuela; la quería como si fuera de su familia.
Si no era por él, al menos por consideración a la abuela, no tendría corazón para pedir el divorcio.
«Tranquilo, no te aceleres», se dijo.
***
La Abuela Castaño regresó a la habitación; Camila ya se había calmado por completo.
—Mija, no estés triste. Si te dejas caer ahorita, te vas a hacer daño. Arruinarte la salud por alguien que no vale la pena no tiene sentido. —La Abuela Castaño tomó la mano de Camila, con el corazón estrujado.
Camila bajó la mirada y esbozó una sonrisa amarga.


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