—Lo sentimos, el número que usted marcó no está disponible por el momento. Por favor, intente más tarde.
Sonó la voz grabada, fría y mecánica.
Intentó de nuevo, pero el resultado fue el mismo.
Daisy Ayala marcó al número de Luis, pero tampoco hubo suerte; no entraba la llamada.
No sabía si no le contestaban a propósito o si traían el celular apagado.
El punto era que no lograba contactar a Oliver Aguilar.
Y ahora, la vida de Luciana Paredes pendía de un hilo.
Daisy temía que Oliver hiciera alguna locura por su culpa.
Él acababa de salir de la cárcel; su vida no soportaría ni un golpe más. Además, la familia Paredes tenía muchísimo poder en Nuevo Veracruz. Y con esa gente, un error te cuesta carísimo.
Estando en territorio ajeno, si los arrinconaban, Oliver no saldría bien librado de un enfrentamiento a muerte.
Tras dudarlo un momento, Daisy llamó a Camilo Ferrer, esperando contactar a Maximiliano Ferrer a través de él. Maximiliano tenía muchos contactos, quizás él sabía algo.
En cuanto contestó, Camilo se apresuró a decir:
—Ya encontraron a Luciana. Sí, se la llevó Oliver. Mi hermano ya mandó gente a recogerla, estoy en el muelle ahorita.
Daisy pidió la ubicación y salió disparada hacia allá.
Federico Paredes también estaba ahí. Al verla, su expresión se notó un tanto incómoda.
El grupo esperó en el muelle unos cuarenta minutos hasta que una lancha rápida atracó.
Maximiliano estaba de pie en la proa y saludó con un gesto simple a los que esperaban en tierra.
Cuando la lancha se detuvo, ordenó que bajaran a Luciana.
Ella venía completamente cubierta, tapándose hasta la cara. Parecía no tener fuerzas, sostenida por dos personas, una a cada lado.
Daisy no se detuvo a mirarla; sus ojos estaban fijos en la lancha.

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