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Siete Años para Olvidar romance Capítulo 822

Por lo menos ella era su legítima esposa. En eso, Daisy jamás podría ganarle.

Pero jamás se imaginó que Yeray sería quien le pidiera el divorcio.

Le hizo berrinches, le gritó, se deshizo en lágrimas, e incluso le suplicó...

Pero nada de eso logró hacer que cambiara de opinión. Él estaba aferrado a terminar con el matrimonio.

Hasta estuvo dispuesto a cancelar los proyectos que el Banco Unión Central tenía con la familia de ella, renunciando a una millonada en ganancias con tal de zafarse.

Sandra clavó sus ojos llenos de rencor en Daisy; los tenía inyectados en sangre por aguantarse las lágrimas.

—A mí no me vengas con tu cara de mosca muerta. No te hagas la que no sabe nada...

—¡Sandra!

El grito autoritario de Yeray resonó a sus espaldas.

Sandra cerró la boca de golpe. Sintió la garganta cerrarse de golpe y ya no pudo decir nada más.

Yeray se acercó a grandes zancadas. La recorrió con la mirada y le habló con una frialdad tajante:

—Ya le hablé al chofer para que te lleve a tu casa.

Sandra quiso oponerse. Había ido a buscarlo con la esperanza de arreglar las cosas.

Iba con la intención de dejarle claro que no quería separarse y de proponerle que tuvieran un bebé.

Estaba convencida de que, si lograba embarazarse, Yeray no la dejaría.

Incluso se había atrevido a desvestirse en plena oficina para arrojársele encima.

Sin embargo, Yeray la había apartado con asco. Ese rechazo fue la máxima humillación para ella.

Desde niña había sido la consentida de su casa, acostumbrada a que todo se hiciera a su manera.

Pero con Yeray no hacía más que estrellarse una y otra vez contra el mismo rechazo. Por eso había salido huyendo de la oficina sintiéndose miserable...

Jamás se imaginó que se encontraría a Daisy allí. Al ver a la mujer que siempre había considerado su rival, perdió la cabeza por completo. No soportaba la idea de que ellos dos se vieran.

—No quiero. —Sandra se aferró a la manga del saco de Yeray en un acto de desesperación—. Mi amor, no me quiero ir a la casa.

—Sandra, ya te dije todo lo que tenía que decirte. De ahora en adelante, arréglate con mi abogado. —Yeray se soltó de su agarre de un tirón y dio un paso hacia atrás.

Esa simple frase la dejó petrificada. Sintió cómo el mundo se le venía abajo.

—Al rato te mando los reportes a tu correo —añadió Daisy, refiriéndose a los temas del trabajo.

A Yeray le dolió escuchar eso. Sabía que si le mandaba la información por correo, significaba que no tendría necesidad de ir a buscarlo en persona. No volverían a verse.

Como ya no había más qué discutir, Daisy no quiso perder más el tiempo y se dio la media vuelta para irse.

Sin embargo, Yeray la detuvo abruptamente. Por fin dijo en voz alta algo que llevaba años guardándose:

—Sandra y yo nos vamos a divorciar.

Daisy se le quedó viendo con total indiferencia. Su mirada no expresaba absolutamente nada, como si le acabara de dar el reporte del clima.

—Si yo...

Daisy levantó la muñeca para checar su reloj y lo cortó en seco:

—Perdóname, de verdad llevo prisa. Luego platicamos con más calma, ¿sale?

Ni siquiera se molestó en esperar su respuesta; simplemente se dio la media vuelta y se fue caminando a toda prisa.

Yeray se quedó plantado ahí, paralizado. Lo que acababa de pasar fue como un balde de agua fría, igualito que aquel correo que le mandó hace tantos años. Por lo visto, el destino nunca jugaba a su favor.

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