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Siete Años para Olvidar romance Capítulo 844

—respondió Daisy de mala gana.

Él ya sabía que, cuando estaba sobria, lo trataba de la patada.

Pero aun así Oliver dejó escapar un suspiro. —Me caes mejor cuando estás borracha.

En ese estado no lo apartaba, ni lo miraba con cara de pocos amigos.

Tampoco le decía cosas hirientes.

Al contrario, hasta quería besarlo.

Daisy traía las emociones a flor de piel. Sentía que le hervía la sangre del coraje, pero no sabía cómo desahogarse.

En cuanto lo escuchó mencionar lo de aquella noche, reaccionó como si le hubieran echado limón en la herida y le lanzó una mirada fulminante.

—¡Vuelves a abrir la boca sobre esa noche y juro que te mando matar!

Oliver levantó una ceja. —¿Ah, sí? ¿Entonces la presidenta Ayala se aprovecha de uno y luego actúa como si nada hubiera pasado?

Daisy se puso roja del coraje y de la vergüenza, y saltó a defenderse. —¿Yo cuándo me aproveché de ti?

—Entonces, ¿estás así de agresiva por pura frustración acumulada de que no pasó nada?

—¡Frustrado tú!

—Pues sí, tienes razón. ¿Para cuándo me ayudas con eso?

Llevaba cinco años en abstinencia, ¿cómo no iba a estar urgido?

Daisy se quedó sin palabras.

A descarado nadie le ganaba a Oliver.

Al final, lo único que pudo hacer fue soltarle con indignación: —Estás loco.

Y se fue echando chispas al baño.

Se quedó encerrada en el baño un buen rato hasta que dejó de sentir la cara caliente.

Pero al momento de levantarse, sintió un pinchazo brutal en el vientre bajo.

Ese dolor inconfundible le confirmó que la regla se le había adelantado.

Con razón andaba con la mecha tan corta; eran puras hormonas.

Menos mal que tenía la costumbre de cargar toallas sanitarias en la bolsa, así que no tuvo que pedir auxilio para salir de ahí.

Lo que no se esperaba era que los cólicos le pegaran tan duro esta vez.

Cuando salió, Tomás ya estaba de vuelta.

Con lo mal que se sentía, Daisy no tenía fuerzas ni para patalear.

Quizá porque se le había adelantado el periodo, el dolor era insoportable.

Oliver se la llevó a paso rápido y le ordenó al chofer que volaran a la clínica más cercana.

Daisy iba hecha bolita en sus brazos, tan pálida que parecía de papel.

Los retortijones en el vientre eran como cuchilladas sin filo, destrozándole los nervios uno a uno. El sudor frío le empapaba el cabello en la frente.

Y se mordía los labios para no gritar.

Oliver deslizó la mano por debajo de su blusa.

Daisy dio un respingo e intentó zafarse.

—No te muevas —murmuró Oliver, con la voz grave y un rastro de tensión apenas perceptible—. Te voy a masajear para que se te pase.

Tenía una mano grande y cálida.

Al presionarla contra su vientre, el calor de su palma tuvo un efecto extrañamente relajante.

Y por increíble que pareciera, el dolor empezó a ceder.

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