Se quedó ahí parado, viéndola perderse bajo la lluvia.
Varias veces quiso detenerla, pero conocía su carácter a la perfección. No le quedó de otra más que ver cómo su silueta se alejaba.
Hasta que ya casi no se veía, la expresión de Pedro cambió drásticamente. Salió corriendo bajo el aguacero hacia la figura que se había desplomado en el suelo.
Camila tuvo un sueño larguísimo.
En él, vio a sus papás después de mucho tiempo. Y ella volvía a ser una niña pequeña.
Su papá le entregó a su mamá un hermoso juego de joyas que había mandado a hacer especialmente para ella. Su mamá estaba encantada.
A Camila también le gustaron, y estiró las manitas para agarrarlas, pero su papá la cargó con ternura.
—Este es un regalo para tu mami, mi niña. No lo toques, si se rompe, se va a enojar —le dijo a Camila.
—¡Yo también quiero, papi! —Camila estaba fascinada con las cosas brillantes.
Su papá le sonrió, le acarició la punta de la nariz y le dijo con cariño:
—Cuando mi princesa se case, te voy a regalar unas igualitas, ¿te parece?
Camila hizo un puchero.
—¡Entonces me caso ahorita! Papi, búscame un esposo.
Sus papás soltaron una carcajada. Al final, lograron calmarla dándole un dulce.
Camila salió muy contenta con su golosina y, al llegar a la puerta, volteó para decirle algo a su mamá. Vio que su papá le estaba abrochando el collar. Salió en silencio y se fue corriendo feliz hacia el jardín.
Tenía pensado comerse su dulce sentada en el columpio. Para su sorpresa, alguien ya había ocupado el columpio. Era un niño muy guapo.
Se le quedó viendo embobada y no dudó en preguntarle:
—¿Quieres ser mi esposo?
Su papá le había dicho que, cuando se casara, le regalaría joyas bonitas.
Sin embargo, el niño la miró con cara de asco y respondió:
—¡Qué asco, claro que no!
Tras el rechazo, Camila se rascó la nariz, apenada.

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