Camila volvió en sí lentamente y se dio cuenta de que estaba en una habitación de hospital. Tenía canalizado un suero en el dorso de la mano.
La abuela estaba sentada junto a la cama, mirándola con preocupación. Pedro estaba de pie detrás de ella, con el rostro serio.
Pero lo primero que Camila notó fue la marca de una bofetada en la cara del hombre. Se veía clarísima. Lo más seguro es que la abuela se la hubiera dado; nadie más se atrevería.
Al sentirse observado, Pedro desvió la mirada incómodo.
—Iré por el doctor.
La abuela Castaño lo ignoró. Toda su atención estaba en Camila. Le tomó la mano y le dijo con la voz entrecortada:
—Mi niña, ¿por qué no me dijiste que te estaba haciendo daño? También es culpa mía. Debí haberlo obligado a presentarse en el Registro Civil. Pensé que cumpliría su palabra y dejaría que las cosas terminaran por la paz. Por eso no me metí, ¡pero el muy cínico me salió con otra de las suyas!
A medida que hablaba, la abuela Castaño se ponía más triste, y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—De todos modos, no debiste descuidarte así. El doctor dijo que te desmayaste por una baja de azúcar, que no probaste bocado en todo el día. Y tú que de por sí estás tan delgada.
Así que se había desmayado por el bajón de azúcar. Camila no recordaba nada de eso.
El médico llegó a examinarla y le informó que tenía un poco de fiebre, por lo que tendría que quedarse internada una noche en observación. Con razón le dolía tanto la cabeza; era por la fiebre.
Al escuchar eso, la anciana se preocupó aún más.
—Entonces me quedo contigo a hacerte compañía.
Pero Camila no podía permitir que una señora de más de ochenta años pasara la noche en el hospital. Se negó varias veces, asegurándole que solo era un resfriado y que no era nada grave. Prometió que se cuidaría sola. Además, estaban en un hospital, habría enfermeras al pendiente de ella.
La abuela Castaño se rehusaba a irse, hasta que por fin cedió un poco, exigiendo que Pedro se quedara a cuidarla.
Eso era aún peor.
Pero lo importante por ahora era convencer a la anciana de que se fuera a descansar.
En cuanto la abuela salió de la habitación, el rostro de Camila cambió de inmediato y le dijo a Pedro de forma cortante:
—Aquí no haces falta, lárgate.
Pedro se quedó callado unos segundos antes de preguntar:
—¿Sigues enojada?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Siete Años para Olvidar