Camila miró con total sorpresa a Manolo Villalobos, quien estaba sentado junto a su cama.
—¿Qué haces aquí?
Manolo no se apresuró a responder, sino que agitó el vaso con un poco de agua que le quedaba y preguntó:
—¿Quieres más? Te ves bastante sedienta.
Se había tomado casi todo el vaso de un solo trago.
Camila se sintió un poco incómoda.
Principalmente porque no esperaba que Manolo le diera de beber en la boca.
Se quedó pensativa un momento y, al recordar algo, le preguntó:
—Cuando entraste, ¿viste a alguien más?
Manolo negó con la cabeza.
—No.
Camila esbozó una sonrisa cargada de sarcasmo.
Era de esperarse.
Lo más probable era que ese imbécil hubiera salido corriendo en cuanto ella lo llamó.
Camila bebió medio vaso más de agua y sintió un gran alivio en la garganta. Se recargó en la cabecera de la cama y volvió a preguntar:
—¿Por qué estás aquí?
—Daisy me lo pidió —explicó Manolo—. No podía comunicarse contigo y le preocupó que te hubiera pasado algo. Como ella está en San Martín y no podía venir, me buscó a mí.
Camila se apresuró a buscar su celular.
Manolo le pasó su chamarra y, al sacar el aparato, se dio cuenta de que estaba apagado.
Había pasado todo el día esperando en el Registro Civil; la batería se le había agotado hacía horas, por eso Daisy Ayala no logró contactarla.
—¿Cómo supo Daisy que estaba en el hospital? —preguntó Camila, algo confundida.
Manolo dudó un segundo.
—No lo sabía.
—¿Entonces cómo me encontraste? —insistió, aún más extrañada.
—Pura casualidad —respondió.
En realidad, no fue casualidad.
Él había ido al Registro Civil, revisó las cámaras de seguridad y vio cómo Camila se desmayaba para luego ser llevada por Pedro. Supuso que estaría en algún hospital cercano.
La buscó clínica por clínica, preguntando en cada una, hasta que dio con ella.

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