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Sobrante en Tu Vida romance Capítulo 4

Un breve e incómodo silencio invadió la sala.

Unos segundos después, Martín se acercó caminando con calma, miró a su madre y preguntó:-

—¿Ya cenaste?

Su voz era monótona y su rostro no expresaba ninguna emoción. Era imposible saber si estaba molesto.

Yolanda me lanzó una mirada fulminante y elevó el tono de voz:

—¿Tú crees que con esta situación tengo apetito? De verdad, Martín, tu esposa se cree muy lista. En lugar de conformarse con ser la señora Jaramillo, se le antoja ir a buscar trabajo al Hospital Puerto Alborada. ¡Los doctores no tienen vida propia! A este paso, tu padre y yo tampoco veremos a nuestro nieto este año.

Este año.

Saboreé la amargura de esas dos palabras en mi mente.

Quizás nuestra actuación había sido tan perfecta que ambas familias creían que nuestro matrimonio era real.

Pero no tenían idea de que esta mentira, este matrimonio fallido, ya estaba en su cuenta regresiva.

—Martín, di algo, por favor —insistió Yolanda al ver que su hijo guardaba silencio—. Llevan tres años casados y nada de nada. ¡Esto es inaudito!

La molestia era más que evidente en el impecable rostro de mi suegra.

Martín no perdió la compostura. Recorrió mi rostro con una mirada gélida y sentenció:

—Llama a Recursos Humanos en un momento y cancela el examen de mañana.

¿Cancelarlo?

Así que Martín opinaba exactamente lo mismo que su madre.

Una decepción aplastante me oprimió el pecho. Sentí un ardor en los ojos y las lágrimas amenazaron con desbordarse.

¿Acaso ya había olvidado que fue él quien se encargó de recordarme la pastilla anoche?

—¿Por qué? —Apenas las palabras salieron de mi boca, noté que mi voz temblaba.

Si jamás me había tratado como a su verdadera esposa, ¿por qué insistía en tenerme atada al título de la señora Jaramillo?

—Tú misma lo sabes —respondió Martín como si fuera lo más lógico del mundo—. El trabajo en el hospital es muy absorbente.

O sea que quería que yo siguiera igual que siempre: encerrada en este lujoso pero gélido departamento, perdiendo la vida mientras esperaba a que él se dignara a regresar a casa.

—¿Por qué más va a ser? ¡No vas a poder embarazarte si te la pasas encerrada en un hospital! —añadió mi suegra—. Es más, otro día te agendo una cita con mi ginecólogo. Si resulta que no puedes concebir de forma natural, siempre están los tratamientos de fertilidad.

Capítulo 4 1

Capítulo 4 2

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