Martín jaló la silla que estaba a mi lado y se sentó.
En cuestión de minutos, mi madre le llenó el plato de comida mientras no dejaba de adularlo:
—Debe ser agotador el trabajo en el hospital. Mírate nomás, estás bajando de peso.
Sus mismos halagos empalagosos de siempre.
Pero se le había olvidado por completo que Martín detestaba el tomate.
Noté que Martín fruncía el ceño levemente. Tomé mi tenedor y, con paciencia, le aparté los pedazos de tomate revueltos con huevo.
Mi madre, al darse cuenta del error, forzó una sonrisa incómoda:
—Ay, de veras que ando distraída. Ya veo que Carolina te atiende mucho mejor que yo.
Martín dejó escapar una suave burla y fue al punto:
—Señora León, ¿nos citó hoy por algo en especial?
Mi madre me miró de reojo y soltó una carcajada exagerada:
—¡Claro que no! Hacía mucho que no los veía y quería que cenáramos juntos, nada más.
Dicho esto, me guiñó un ojo, dándome a entender que debía brindar con él.
Si hubiera sido cualquier otra noche, yo misma habría excusado a Martín, argumentando que, como cirujano, tenía prohibido beber e iba a cuidarse. Pero recordar lo que había pasado en la fiesta de cumpleaños me hizo cambiar de opinión de inmediato.
Tomé mi copa de vino tinto con delicadeza, la acerqué a él y arrastré un poco las palabras:
—Amor, ¿brindamos?
Pude ver cómo le temblaba un poco el párpado.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, esbocé una sonrisa a medias. No pensaba retroceder.
—Tengo turno mañana —Su pretexto era impecable—. Nos tomamos algo otro día.
Era la excusa perfecta que ya esperaba, pero igual me dolió el corazón.
¿Acaso la noche del cumpleaños de Andrea no había ido también al hospital?
En el fondo, era obvio que a su esposa de mentiras le daría menos prioridad que a la otra chica.
Una presión sofocante me aprisionó el pecho. Levanté la copa y me bebí el vino de un solo trago.
Al verme, mi madre se alarmó un poco y dejó caer una indirecta:
—Con moderación, mija. No te me vayas a pasar de copas.
Claro, porque si me emborrachaba, no iba a estar en condiciones de embarazarme.
Martín, al ver mi torpeza, se adelantó y abrió la puerta de un movimiento rápido.
Di un suspiro de alivio y lo seguí al interior. Pero de pronto, él frenó en seco, y como yo no alcancé a detenerme a tiempo, choqué directo contra su pecho.
Intenté retroceder torpemente, pero él me agarró por la cintura. Miré la mano que me sostenía: de dedos firmes, fuertes y venas marcadas.
Luego, sentí su aliento cálido rozarme la oreja.
Tragué saliva con evidente nerviosismo. Levanté la vista hacia Martín y vi cómo su nuez subía y bajaba. Su respiración se había vuelto intensa.
Mi corazón empezó a latir como loco. Al mirarlo a los ojos, noté la oscura llamarada que empezaba a arder en su mirada.
*¡Pum!* La bolsa que traía en la mano se me resbaló y cayó al piso. Y, para mi desgracia, una parte de la diminuta lencería negra se asomó por fuera de la caja, quedando expuesta a la vista de los dos.
Antes de que pudiera siquiera balbucear una excusa, Martín me empujó.
Perdí el equilibrio y, tras un par de pasos erráticos, me desplomé contra el zapatero de la entrada.
Un dolor agudo me recorrió el cuerpo.
Alcé la vista hacia él, completamente confundida. Pero el rostro de Martín era una tormenta oscura:
—¿A esto se reduce su pequeño espectáculo entre madre e hija?

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