Los cuatro nos quedamos parados allí mismo.
Tal vez por la imponente presencia de Martín, muchas personas empezaron a observarnos de reojo.
Me sentí algo incómoda con tantas miradas. Sin embargo, al observar a Andrea, la vi contemplando a Martín con absoluta adoración, luciendo mucho más segura y confiada que yo.
Yo sabía muy bien qué era eso: la seguridad que da el saberse amada y protegida.
—Martín dice que ya casi es hora de comer —comentó ella con una entonación alegre y juvenil—. Y quiere invitarme al comedor del hospital.
Gonzalo me miró extrañado, luego miró a la chica al lado de su compañero y preguntó:
—Doctor Jaramillo, ¿no nos va a presentar?
—Ella es Andrea, mi compañera de la facultad de medicina —respondió Martín sin rodeos.
Andrea parpadeó con sus enormes ojos, miró la placa de identificación de Gonzalo y le dijo:
—Mucho gusto, doctor Lara. Espero aprender mucho de usted.
Gonzalo asintió con una sonrisa incómoda. Mientras tanto, me lanzaba miradas fugaces que rebosaban de lástima.
—Carolina, ¿no quieres comer con nosotros? —ofreció Andrea mirándome con supuesta sinceridad, y luego volteó hacia Martín—. Más tarde, Martín me dará un recorrido por todo el hospital, también puedes acompañarnos.
Esa admiración innegable en los ojos de la chica fue como una estocada directa a mi corazón.
Apenas se conocían desde hacía un mes. Yo llevaba tres años enteros desviviéndome por Martín como su legítima esposa, y él nunca me había permitido asomarme siquiera al departamento de neurocirugía.
Mucho menos me había ofrecido darme un recorrido por el hospital.
—Te lo agradezco, pero no —rechacé la oferta sin dudarlo, y miré de reojo a Martín—. De todos modos, ya me sé de memoria cada rincón de este hospital.
Tras decir eso, me di media vuelta y me marché.
Y no era una exageración. En los últimos tres años, el lugar al que más había ido, aparte de la universidad y nuestro hogar, era el Hospital Puerto Alborada.
En mis días más enamorados y empalagosos, venía al hospital casi un día de por medio. Conocía a la perfección cada departamento desde el primer hasta el quinto piso. Sabía si los laboratorios y el área de rayos X estaban a la derecha o a la izquierda, cuánto tiempo tomaba caminar desde la consulta externa hasta el área de hospitalización, y hasta en qué horarios los ascensores estaban más llenos.
Mi fantasía era que, algún día, si Martín mencionaba algún detalle del hospital al azar, yo pudiera seguirle la corriente y tener una conversación normal con él.
Qué irónico. Siempre estuve obsesionada con ser la esposa perfecta y se me olvidó que nuestra boda nunca fue otra cosa que una transacción comercial.
Justo al llegar a la esquina, Gonzalo me alcanzó.
—Con esta lluvia va a estar difícil conseguir taxi. ¿Quieres que te lleve?
Llevaba un paraguas grande y elegante que sostuvo sin esfuerzo sobre mí. Probablemente, por correr para alcanzarme, su respiración estaba un poco agitada.
—Gracias, pero no hace falta. —Me sabía de sobra la ruta del metro que me dejaría en aquel departamento vacío.
—Los resultados de la prueba estarán publicados mañana temprano en la página oficial del hospital —me recordó Gonzalo amablemente—. Vete con mucho cuidado.

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