La palabra "trampolín" salida de sus labios me dejó sin aliento, incapaz de articular una respuesta por varios segundos.
Sí, era verdad. Mi papá había hecho mal en usar la deuda de gratitud para forzar nuestro matrimonio. Pero el castigo ya lo estaba pagando; llevaba tres años postrado en una clínica de rehabilitación.
Y en cuanto a mí, yo había firmado ese acuerdo prenupcial sin rechistar. Fuera de nuestras familias, nadie en el mundo sabía que estábamos casados.
Nuestros anillos los compramos de oferta en una tiendita cerca de la universidad. Nunca hubo ceremonia, ni recepción. Hasta las fotos de boda se cancelaron porque él "no tenía tiempo". A día de hoy, la única foto en la que aparecíamos juntos era la del acta de matrimonio. ¿Acaso yo, Carolina Salazar, le había sacado algún provecho real a la riqueza de los Jaramillo?
Absolutamente ninguno.
Bueno, si contar con el privilegio de dormir en el mejor departamento con vista al río de todo Puerto Alborada gracias a él contaba como un beneficio, entonces mis tres años lavando, cocinando y limpiando la casa ya lo habían pagado con creces.
Ocho años de profunda admiración y amor ciego, y lo único que conseguía de su boca era la palabra "trampolín".
Un sabor agrio inundó mi garganta. Bajé la mirada, tragándome las ganas de llorar, y afirmé con firmeza:
—Mañana estaré a tiempo para presentar mi examen.
Hice una pequeña pausa, lo miré directamente a esos ojos penetrantes que tanto me dolían y añadí en tono suave:
—Le agradezco, doctor Jaramillo, que no se preocupe más por mis asuntos.
A la mañana siguiente, llegué puntual a las oficinas administrativas del Hospital Puerto Alborada.
Apenas tomé asiento, una voz empalagosa me saludó:
—¡Doctora Salazar, qué casualidad!
Alcé la vista y me encontré frente a frente con Andrea Zárate.
Llevaba una camisa azul cielo, un impecable traje sastre color arena y unos elegantes zapatos de tacón en dos tonos. Aunque su atuendo desentonaba un poco con sus facciones juveniles, proyectaba una imagen de dedicación y profesionalismo.
Resultó que ella también era una de las candidatas para el examen de hoy.
Si la memoria no me fallaba, acababa de graduarse de neurocirugía.
Y la facultad solo había otorgado seis lugares.
Al parecer, la chica era mucho más brillante de lo que yo había supuesto.
—Lamento mucho lo del otro día, Carolina —me susurró Andrea con voz arrepentida y dulce—. Estaba tan concentrada atendiendo a Martín que ni siquiera pude despedirme de ti.

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