Me escabullí en silencio de la sala, aprovechando que todos estaban distraídos observándolos.
Pero apenas di un par de pasos, me topé de frente con Gonzalo Lara.
Él me reconoció al instante y me saludó de manera amigable:
—Señorita Salazar, ¿no vio al doctor Jaramillo?
Gonzalo era compañero de Martín. Tenían más o menos la misma edad, pero como Gonzalo había entrado un año después al área de neurocirugía, todavía era médico residente.
Nos habíamos hecho conocidos a fuerza de coincidir las veces que yo le llevaba ropa limpia o la comida casera a Martín al hospital.
Cuando Martín estaba demasiado ocupado, me pedía que le dejara las cosas a Gonzalo, y así, de tanto tratar, nos hicimos cercanos.
Ahora que lo pienso, dudo mucho que Martín estuviera tan ocupado; probablemente solo buscaba excusas para no verme.
Por otro lado, parecía que a Gonzalo no le extrañaba en absoluto verme haciendo la prueba en el hospital.
—Ah, en la ronda de hace rato comentó que iba a darse una vuelta por acá —añadió Gonzalo al ver que no respondía—. ¿Supongo que no se cruzaron?
Dijo la última frase con un evidente tono de lástima.
Como si el hecho de no haberme encontrado con mi esposo fuera una verdadera pena.
Pero estaba equivocado. Martín había venido, sí, pero exclusivamente a ver a Andrea.
Quizás notando mi incomodidad, Gonzalo cambió de tema rápidamente:
—¿Qué tal el examen? ¿Estuvo muy pesado?
Estaba a punto de contestarle cuando unos murmullos indiscretos a mis espaldas me interrumpieron.
—Estas niñitas de ahora se creen que con una cara bonita y buenas palancas ya tienen todo resuelto. Tanto que nos matamos estudiando para que al final nos dejen fuera.
—¡Y ni te cuento! Si se anda paseando con el mejor de neurocirugía, ya tiene asegurada la mitad de la plaza en el hospital.



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