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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 2408

Ledo estaba medio dormido, murmurando entre sueños:

—¿Eh? ¿Papá? ¿Para qué me cargas?—

Aspen sonrió y le contestó en voz baja:

—Solo vine a ver cómo estabas. Tú sigue durmiendo, hijo.—

Ledo cerró los ojos de nuevo y enseguida volvió al sueño profundo.

Aspen no pudo evitar reír bajito. Lo acomodó con cuidado en la cama, le arregló la almohada y se aseguró de que estuviera bien tapado.

Cano, el perrito de la familia, llegó moviendo la cola y saltó al otro lado de la cama, acomodándose en el otro cojín.

Aspen acarició primero a Ledo y luego a Cano.

—Buenas noches,— susurró.

Ledo ni se enteró, perdido en su sueño. Cano le sacó la lengua en broma y cerró los ojos para dormir.

Aspen salió sigiloso del cuarto de Ledo y se fue a echarle un vistazo a Miro.

Miro dormía como un angelito, boca arriba y con la cobija bien puesta hasta el pecho, como si estuviera en una foto.

En su cuarto había muchas fotos familiares. En cada una, Miro salía un poco tieso, pero con una sonrisa que le iluminaba la cara.

El mayor sueño de Miro siempre había sido tener una familia unida.

Desde chiquito, lo único que quería era tener un hogar completo.

Para él, compartir la vida con su familia era lo más importante.

Aspen se sentó a su lado en la cama y le acarició la frente, alisando las arrugas de preocupación que fruncían su ceño.

Aunque Miro ya casi había superado sus problemas emocionales, seguía siendo el menos sonriente de los hermanos, mucho menos que Ledo y los demás.

No era mucho de hablar y hasta dormido se le notaba la preocupación en la frente.

Carol, su mamá, siempre decía que esa seriedad y su forma de ser eran por cómo había crecido.

Miro sí había sufrido por no tener una madre presente. Pero Tesoro también, y Laín, Ledo y Luca crecieron sin papá.

Todos habían venido de familias partidas, pero solo Miro había cargado con heridas más profundas.

Era su carácter y también lo que le había tocado vivir.

Miro había heredado ese temple de su papá.

Aspen, al recordarlo de pequeño, no pudo evitar sonreírle con ternura y le susurró:

—No importa lo difícil que haya sido el pasado, ahora la vida es buena, hijo, y de aquí en adelante solo va a mejorar.—

Se quedó un rato acompañándolo y al final, con una última caricia, dijo bajito:

—Buenas noches, campeón.—

Luego salió de puntillas y fue al cuarto de Laín, que estaba junto al de Miro.

Los niños eligieron sus propios cuartos y ni Aspen ni Carol intervinieron.

Tesoro era la que más cerca dormía de ellos, mientras que Laín estaba en el cuarto más alejado.

Según palabras de Laín: como el hermano mayor, debía estar al final del pasillo, listo para ser el apoyo incondicional de sus hermanos menores.

Cada vez que Aspen veía a Laín, sentía una tranquilidad enorme, como si supiera que el futuro de la familia estaba seguro.

De los cinco, Miro se parecía a él en carácter, pero Laín era quien más se le parecía en la forma de ver la vida y actuar.

Laín era maduro, responsable, ingenioso y tenía talento para los negocios. Aspen sabía que el esfuerzo que hacía ahora, algún día lo dejaría en manos de Laín.

Era el indicado para llevar las riendas.

Aunque claro, mientras más capaz, más peso llevaba sobre los hombros.

Aspen se sentó junto a él. Apenas le rozó la mejilla, Laín abrió los ojos.

—¿Papá?—

—Perdón, te desperté.—

—No pasa nada. ¿Por qué no estás dormido todavía?—

Aspen sonrió:

—Hoy estoy nostálgico, hijo. No podía dormir, así que vine a verlos.—

Laín, perspicaz, le soltó:

—¿Ya cayó Carmel?—

—Sí.—

—¿Y los atraparon a todos?—

—Seguro quedan algunos por ahí, pero por ahora no tienen fuerza para causar problemas. Cuando quieran reorganizarse, probablemente nosotros ya hayamos resuelto lo de la octava generación del virus.—

Laín no pudo disimular su alegría.

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