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¡Sorpresa! Tuve Cuatrillizos con Mi Desconocido Esposo romance Capítulo 2782

—Escucha el tono de Valentino. Es obvio que está muy seguro de que no encontraremos ninguna prueba. ¿De verdad no hay ni una sola pista?

Aspen negó con la cabeza.

—Por ahora, no he encontrado nada.

Carol se preocupó...

¡Si tan solo pudieran encontrar pruebas de que Abel no era el asesino!

De repente, algo se le ocurrió y preguntó:

—Por cierto, ¿podemos usar esta grabación para limpiar el nombre de Abel? Valentino dejó muy claro que Abel no fue quien los mató.

Aspen negó con la cabeza.

—Esta grabación no sirve como prueba. Al fin y al cabo, nadie sabe si lo obligamos a decir eso.

Carol frunció el ceño.

—Entonces, ¿cómo encontramos pruebas?

Aspen frunció el ceño y guardó silencio por un momento. Luego, relajó la expresión y le apartó un mechón de pelo de la cara a Carol, colocándoselo detrás de la oreja.

—No pensemos más en eso. Primero, vamos a comer.

Carol apartó sus pensamientos.

—De acuerdo.

Bajaron a cenar juntos. Después de la cena, Carol convenció a Aspen para que tomara un baño.

Aspen se sumergió a regañadientes durante veinte minutos, y el sueño comenzó a vencerlo.

Se acostó en la cama y, al poco tiempo, cayó profundamente dormido.

Carol lo abrazó, dándole suaves palmaditas en la espalda, como si estuviera acunando a un niño para que se durmiera.

Aspen dormía, pero ella no podía conciliar el sueño.

Su mente no dejaba de dar vueltas a la misma pregunta: ¿cómo podían encontrar pruebas para exculpar a Abel?

Al día siguiente, antes de que pudieran levantarse, Gael llamó por teléfono.

¡La madre de Elliak había llegado desde Ciudad Arenas!

Primero fue a identificar el cuerpo y luego se dirigió a Regio Bello. Allí se arrodilló frente a la entrada principal, llorando y gritando, exigiendo que Abel pagara con su vida y que se hiciera justicia por su hijo.

Una multitud de periodistas y curiosos la rodeaba.

El impacto estaba siendo considerable.

Gael era consciente de sus limitaciones.

—No soy bueno manejando estas situaciones.

Su carácter no era el adecuado para lidiar con las consecuencias; si iba, solo empeoraría las cosas.

Aspen lo sabía.

—Enviaré a otras personas para que la calmen.

Tras colgar la llamada de Gael, Aspen, con el ceño fruncido, revisó los videos del incidente en internet.

Frente al imponente y majestuoso edificio de Regio Bello, una mujer vestida de forma humilde y con aspecto envejecido estaba arrodillada en el suelo, llorando.

Mientras lloraba, decía algo en el dialecto de Ciudad Arenas.

Un internauta tradujo en tiempo real:

—¡Dios mío, te ruego que abras los ojos y mires! ¡Fue el vicepresidente de esta empresa quien mató a mi hijo! ¡Mi hijo, que era tan bueno, tan obediente, que luchaba tanto por salir adelante!

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