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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 125

Al día siguiente, Lucía llegó hasta la residencia de la familia Beltrán y llamó a Gustavo Beltrán por teléfono.

Cuando Gustavo salió, Lucía le entregó la invitación en la mano con un tono ligero:

—No es nada urgente, solo vine a entregarles la invitación. Recuerden que toda la familia está invitada a celebrar la boda con nosotros.

Gustavo sonrió al abrir la tarjeta. Estaba escrita a mano con una elegante caligrafía, refinada y llena del buen gusto característico de las damas de sociedad.

—No me esperaba que vinieras a entregarla en persona. Debes estar agotada con todos los preparativos, ¿verdad?

Lucía se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y sonrió.

—Se hace lo que se puede.

En realidad, las únicas invitaciones que entregó personalmente fueron la de Isabel Luna y la de la familia Beltrán. Las demás habían sido repartidas por el mayordomo y sus padres. Quería entregarle la de Gustavo en persona como muestra de profunda gratitud. En su vida pasada, cuando ella atravesaba el momento más crítico y estaba tan arruinada que era evidente que no podría pagar, Gustavo le había prestado cincuenta millones de pesos.

Probablemente, lo hizo porque le dio demasiada lástima verla tan destrozada.

Charlaron un poco más y luego Lucía se despidió y arrancó su auto.

Lo que no notó fue que, desde el segundo piso de una casa vecina, Alejandro Zavala había estado observando toda la escena.

En ese mismo segundo piso, Don Alberto Beltrán se acercó al ventanal y le sonrió a Alejandro con camaradería.

—Alejandro, si nos das luz verde con el proyecto de remodelación turística, nosotros lo pondremos en marcha de inmediato.

Alejandro esbozó una sonrisa cortés y apartó la vista de la ventana. Pasó un dedo por el borde de su taza de café justo cuando Gustavo entró a la habitación.

—¿Por qué vino? —preguntó Alejandro sin rodeos.

—A traer una invitación de boda. Seguro le quedaba de paso —respondió Gustavo.

Don Alberto, sin saber de quién hablaban, vio la elegante invitación en las manos de su hijo y cayó en cuenta.

—¡Ay, qué cabeza la mía! ¡Es cierto, Julio García se casa!

No pudo evitar suspirar con nostalgia.

—Miren nada más... Julio tiene casi la misma edad que ustedes y es el primero en casarse. ¡Alejandro, Gustavo, ustedes deberían apurarse! Alejandro, al menos tú ya tienes novia, seguro no tardas. ¡Pero tú, Gustavo, eres el único que falta! Más te vale buscarte a una buena mujer pronto...

Alejandro sonrió con serenidad.

—No tiene de qué preocuparse, Don Alberto. Gustavo siempre ha sido muy popular con las mujeres.

Gustavo, jugando distraídamente con la tarjeta, bajó la mirada con una media sonrisa. Sabía perfectamente que el comentario de Alejandro llevaba una clara doble intención.

Al notar que la señorita Lucía no despegaba los ojos de la pantalla, Doña Rosa se había asomado por encima de su hombro.

—¿Acaso la señorita también tiene ganas de casarse? Se le quedó viendo con una ilusión...

Lucía reaccionó, bloqueó el teléfono y forzó una sonrisa.

En esta vida, lo último que quería era volver a casarse.

Pero, como estaban en vísperas de un día tan especial para la familia, decir algo así en voz alta solo traería mala suerte y disgustos, así que se limitó a sonreír con cortesía.

Un familiar que pasaba por ahí bromeó:

—Seguro Lulú es la próxima.

Mientras hablaban, Lucía notó que una de las empleadas estaba haciendo mal el moño de los recuerdos de boda, dejando un lado más largo que el otro. Se acercó y tomó las cintas con delicadeza.

—Se hace de esta manera —dijo Lucía, y le mostró paso a paso cómo lograr el lazo perfecto.

Julio, que acababa de entrar a la casa, la vio enseñándole a las empleadas y la elogió con cariño:

—Lulú, parece que lo sabes todo. Actúas como si ya te hubieras casado antes.

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