Alejandro marcó el número de Lucía tres veces seguidas. Del otro lado solo se escuchaba el tono frío y constante del buzón de voz. Nadie respondía. Tampoco Mateo contestaba su teléfono.
De inmediato, llamó al teléfono fijo de la Finca de La Luz. La empleada que respondió sonaba desconcertada y le informó que la señora había salido y aún no regresaba.
Al colgar, Alejandro sintió un zumbido ensordecedor en los oídos. Toda la sangre del cuerpo se le subió a la cabeza.
—¿Dónde están?
La comida sobre la gran mesa todavía humeaba, pero Alejandro la ignoró. En tres zancadas se plantó frente a Jimena y su enorme mano se cerró violentamente alrededor de su cuello.
Al hacerlo, su brazo barrió platos y cubiertos, que se estrellaron contra el suelo en una cacofonía de cristales rotos. Los manjares finos terminaron esparcidos por todas partes, y el comedor se convirtió en un desastre en un abrir y cerrar de ojos.
Los ojos de Alejandro ardían con un rojo aterrador; la furia en su pecho casi incineraba por completo su cordura. Solo él sabía que, además de la rabia, lo consumía un profundo arrepentimiento. Siempre había sabido que Jimena era despiadada, una víbora con los colmillos ocultos, y aun así le tuvo paciencia. Nunca la destruyó por completo.
Y todo por el deseo egoísta de retener a Lucía.
En el pasado, sin importar con qué heredera rica o mujer de sociedad él se relacionara, Lucía siempre se mantenía impasible. No peleaba, no sentía celos. Era como si él no le importara en absoluto. Si él no la hubiera forzado a estar a su lado, Lucía habría seguido su vida en paz: comiendo tranquila, trabajando en lo suyo. Jamás le habría mostrado ni un ápice de interés.
La única que lograba provocarle alguna reacción era Jimena. Por esa estúpida y patética razón, Alejandro la había mantenido cerca. Y luego, al verla emparejarse con Camilo, decidió dejarla en paz.
Al final, tantos miramientos solo habían servido para ponerle su mayor debilidad en bandeja de plata a la víbora.
—¡Alejandro! ¡Suéltala! ¡La vas a matar!
Al ver que el rostro de Jimena se tornaba de un tono violáceo y que luchaba por respirar, el Señor Montero y el Ministro Ricardo se apresuraron a intervenir, sujetando los brazos de Alejandro con todas sus fuerzas, uno de cada lado.
—¡No cometas una locura! —le suplicó el Señor Montero—. No vale la pena mancharte las manos por alguien como ella.
—¡Lucía y el niño te están esperando! ¡Tienes que encontrarlos! —le gritó el Ministro Ricardo con severidad, utilizando todas sus fuerzas para aflojar los dedos que asfixiaban a la mujer.
Alejandro respiraba agitado, soltando su agarre lentamente. Jimena se desplomó en el suelo, tosiendo con violencia, mientras la mirada sanguinaria de él seguía clavada en ella.
Doña Leonor, Beatriz y los demás estaban petrificados. No les sorprendía tanto que Alejandro intentara estrangularla, sino la absoluta audacia criminal de Jimena.
—Alejandro, haz lo que pide. Saca a su familia de la cárcel. ¡Lo importante ahora es el niño! —rogó Doña Leonor, al borde de la histeria. Luego se volvió hacia Jimena con tono severo—: Si sacan a tu familia, nos dirás dónde están Lucía y el bebé, ¿verdad?

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