Lucía abrió la caja de terciopelo una última vez para confirmar que el anillo estuviera ahí y se la entregó a Horacio.
—Papá, habla con tacto con Don Guillermo.
—Lo haré. —Horacio guardó el estuche con cuidado, abrió la puerta y bajó del auto.
El mayordomo de la mansión ya lo esperaba junto al vehículo. Hizo una leve reverencia y lo guió hacia el interior de la propiedad.
El auto quedó sumido en un profundo silencio.
Veinte minutos después.
Lucía estaba leyendo las últimas páginas de los documentos cuando escuchó la voz de Beatriz Zavala:
—Ese es el auto de Horacio García.
Lucía miró por la ventana y vio a Beatriz acercándose junto con Alejandro. Ambos vestían ropa deportiva; parecía que acababan de jugar al golf.
No esperaba encontrárselos ahí.
Por suerte, no la habían visto.
Instintivamente, Lucía se encogió y se recostó sobre los asientos de cuero de la parte trasera.
—¡Este Horacio no se rinde! ¡Seguro vino a quejarse con tu abuelo porque ayer llevaste a Jimena a la boda! ¡Es un terco, sigue aferrado a una promesa de hace años!
—Alejandro, hoy mismo tienes que dejar clara tu postura, yo me encargo del resto. ¿Qué sientes por Jimena? Iré ahora mismo a hablar con tu abuelo para ponerle fin a esto.
Hubo un largo silencio antes de que Alejandro respondiera con tono indiferente:
—Quiero casarme.
Beatriz soltó una carcajada.
—Jamás pensé que llegaría el día en que te escucharía decir eso.
—Sé perfectamente lo insoportable que es estar atado a alguien a quien no amas. No te preocupes, con lo que me acabas de decir, ¡te aseguro que te ayudaré!
Dicho esto, Beatriz entró apresuradamente a la mansión para buscar a Don Guillermo.
Al escuchar que los pasos se alejaban, Lucía frunció el ceño.
Si su padre no salía pronto, ¿terminaría cruzándose con ellos?
¿Qué pasaría si discutían?
Lucía estuvo a punto de bajar del auto, pero la idea de volver a ver a Alejandro la detuvo.
Era mejor quedarse escondida...
Se enderezó, abrió de nuevo su carpeta y siguió leyendo mientras esperaba.
Afortunadamente, Horacio no tardó en salir.
Y, efectivamente, se cruzó con Beatriz en la puerta.
Al verla con cara de pocos amigos, intuyó que no diría nada agradable. Como todo un caballero, Horacio decidió no rebajarse a discutir; simplemente pasó de largo, ignorándola por completo.
Solo le dio un breve asentimiento de cabeza a Alejandro por cortesía y se alejó.
Su actitud despectiva dejó a Beatriz pasmada. Estuvo a punto de gritarle, pero Alejandro la detuvo.
...
—Alejandro, parece que los García ya cancelaron la boda...
Incapaz de ocultar su alegría, le dio unas palmadas en el brazo a su sobrino.
—Por fin eres libre, mi niño.
Beatriz lo observó y, para su sorpresa, el rostro de Alejandro seguía impasible. No parecía especialmente feliz.
Pero luego recordó que él siempre había sido así: frío, distante.
La primera vez que cerró un contrato multimillonario, toda la empresa estaba enloquecida de alegría, pero él mantuvo esa misma expresión neutral, como si no hubiera pasado nada.
—¿Estás feliz ahora? —preguntó Beatriz, a modo de prueba.
Al escucharla, Alejandro en realidad no sintió ninguna felicidad particular.
Pero al ver la mirada ilusionada de su tía, simplemente asintió.
Beatriz sonrió. Sabía que estaba contento, solo que su sobrino no era bueno expresando sus emociones.
De pronto, a Beatriz se le ocurrió algo.
—¿Y qué pasará con Camilo?
Don Guillermo miró a Alejandro de reojo.
—Dejemos que sigan saliendo, todavía son jóvenes. Diles que, una vez que Alejandro se case, si Camilo y la niña siguen llevándose bien, ellos se casarán. Así no habremos roto la promesa de unir a las familias.
Beatriz torció la boca.
—Lo sabía. Esos García no iban a soltar a nuestra familia tan fácilmente.

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