—Pero a Alejandro todo eso le importa un bledo —le cortó Lucía, impidiendo que su padre soltara el mismo discurso de siempre.
En su vida pasada, Alejandro nunca le dio la más mínima importancia a ese dichoso pacto de los abuelos. Al final, solo aceptó casarse con ella porque Don Guillermo terminó hospitalizado y lo amenazó con quitarle todo el poder en el Grupo Zavala. Pero solo firmaron los papeles; jamás hubo boda, porque el día de la ceremonia, Jimena tomó un vuelo al extranjero.
Y Alejandro salió corriendo tras ella...
Ese anillo que sus padres veneraban como una reliquia sagrada, para él no valía nada.
—Si los Zavala ya nos debían desde antes, con lo que Alejandro planea hacernos, nos van a quedar debiendo mucho más. Porque... Alejandro usará todo su poder para apoyar a Víctor Jiménez y a su gente en contra nuestra. ¿Están dispuestos a aceptar que pisotee a nuestra familia solo para elevar a los Jiménez? —Lucía miró fijamente a su padre, dejando salir de golpe todo lo que llevaba asfixiándola por dentro.
—¡Y no se detendrá ahí! Hará cosas imperdonables. ¡Llegará el día en que Alejandro arrastrará al Consorcio García a la bancarrota y nos dejará con deudas millonarias en el banco!
Y eso no era ni la mitad de la historia. En su vida pasada, Alejandro aniquiló a la familia García hasta los cimientos.
En aquel entonces, ella había vivido engañada. Incluso llegó a arrodillarse suplicándole que salvara la empresa de su familia, sin imaginar jamás... que él era el verdugo que había orquestado todo.
¡El hombre que dormía a su lado fue quien destruyó a su propia familia!
Su padre murió, su hermano desapareció.
Y ella ya no encontró motivos para seguir viva.
Y en todo ese tiempo, Alejandro no mostró ni una pizca de remordimiento.
Tenía el corazón más negro que el carbón...
Un silencio sepulcral invadió la sala.
La señora García se puso pálida e intentó decir algo, pero Horacio levantó la mano enérgicamente para callarla.
Don Horacio frunció el ceño, mirando a su hija con severidad: —¡Qué estupideces estás diciendo! Estás perdiendo el juicio.
—Si Alejandro se atreviera a hacer algo semejante, ¿crees que sus padres se quedarían de brazos cruzados?
—¿Y si fuera tan malagradecido, crees que su abuelo no le rompería las piernas a bastonazos?
—Dime, todas esas locuras que acabas de inventar... ¿tienes pruebas?
Horacio tenía el ceño tan fruncido que parecía tallado en piedra. No le creía ni una palabra.
Y cómo iba a creerle, si esos recuerdos provenían de una vida que solo Lucía había experimentado. No había manera de probarlo. Viéndose acorralada, Lucía lanzó una pregunta helada:
Tenía miedo de que si se quedaba un segundo más viendo sufrir a su hija, terminaría cediendo.
Y sabía perfectamente que si él daba su brazo a torcer, ese compromiso se iría a la basura para siempre.
Al ver a su padre huir, Lucía se quedó paralizada en el centro de la sala, con una mezcla de frustración y desesperanza.
—Lulú... —Julio intentó buscar las palabras correctas para decirle que él la apoyaría pasara lo que pasara.
¡Pero alguien se le adelantó!
—Señorita Lulú.
Leo, que había estado espiando y esperó a que el jefe subiera, salió de su escondite y le puso un trozo de pastel de tiramisú en las manos. —Lo hice yo mismo.
Lucía miró el postre, que tenía un aspecto un tanto desastroso, y pasó de las lágrimas a la risa: —Se ve delicioso, muchas gracias.
Aunque si sabía bien o no, eso ya era otro tema.
Al verla sonreír finalmente, Julio exhaló con alivio.

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