Lucía condujo de regreso a casa.
Al bajarse del auto, estaba de tan buen humor que le pidió a Pinos que al día siguiente le llenara el tanque al auto de su hermano, a su cuenta.
El Mayordomo Pinos la vio llegar radiante de felicidad y tragó saliva, dudando si hablar: —Señorita, la están esperando en la sala...
Al ver la cara de pánico del mayordomo, el instinto de Lucía le advirtió que se avecinaba una tormenta: —...
Apenas cruzó la puerta principal, vio a toda la familia reunida como en un tribunal. Incluso Leo, el hijo adolescente de Doña Rosa, la empleada doméstica, estaba presente.
Al verla entrar, el muchacho le hizo una señal de "que Dios te ampare", encogió los hombros y huyó hacia los cuartos de servicio.
Horacio García ya había estallado en rabia un par de veces.
Julio García intentaba calmar a su padre: —Alejandro es un arrogante sin remedio, nunca ha respetado a mi hermana. Es lógico que Lulú haya hecho esto, ¡la han humillado demasiadas veces...!
Justo entonces, Julio la vio entrar. Le guiñó un ojo discretamente para que midiera sus palabras.
—¡Lucía García, por fin te dignas a aparecer! ¡Mira nomás el disgusto que le acabas de dar a nuestro padre! —le gritó Julio, fingiendo indignación.
Horacio estaba sentado en el sofá principal, con un cigarrillo consumiéndose entre los dedos. Frente a él, sobre la mesa de centro, descansaba la inconfundible caja de terciopelo con el anillo de compromiso.
Lucía sintió un escalofrío.
Le habían devuelto el anillo.
Horacio la fulminó con la mirada y suspiró pesadamente, con voz severa: —Lulú, eres una inmadura. El matrimonio no es un juego de niños. ¿Qué pareja no pelea? Pero por un simple berrinche te presentaste en la mansión Zavala a devolverles el anillo, ¡y a mis espaldas! Cuando recibí la llamada de Doña Leonor, casi me da un infarto. ¿Con qué cara voy a mirar a nuestros conocidos ahora?
—¿Acaso ya se te olvidó lo loca de alegría que estabas cuando te dieron ese anillo? Dormías con él abrazado al pecho. ¿Y ahora resulta que, de la noche a la mañana, ya no lo quieres y vas a devolverlo sin consultarnos? En la vida no se puede ser tan irresponsable.
Horacio aplastó el cigarrillo, tomó la vieja caja de terciopelo y caminó lentamente hacia Lucía.
—Afortunadamente, solo estaba Doña Leonor en la casa.
—Me dijo que no era necesario alarmar a Don Guillermo y que Alejandro tampoco se había enterado. Guárdalo ahora mismo.
Lucía miró fijamente la caja, pero no movió ni un músculo para tomarla.


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