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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 207

—Suéltenla.

La mirada de Alejandro barrió a los hombres que retenían a Lucía.

La presión desapareció y los guardaespaldas se hicieron a un lado. Lucía casi se desploma, pero se impulsó hacia el escritorio y desconectó la computadora de un tirón.

Alejandro ya no le prestó atención a su paranoia informática. Al caminar hacia la salida, sus ojos recorrieron la cama perfectamente tendida, las sábanas de tono lavanda y percibió el suave aroma que caracterizaba a la joven.

Se detuvo en seco. Su mirada había captado un pequeño diente blanco colocado en una esquina del escritorio.

Se acercó para tomarlo, pero Lucía fue más rápida y lo cubrió con su mano.

—¿Ya terminaron con tu tratamiento dental? A ver.

—¿Qué? —Lucía lo miró atónita.

Estaba completamente descolocada. ¿Qué mosca le había picado ahora?

Antes de que pudiera reaccionar, la gran mano de Alejandro le sujetó la barbilla. No era el agarre asesino y despiadado de su vida pasada, pero era firme.

Quizás porque había visto el diente suelto, ahora sentía la necesidad irracional de inspeccionar su boca. No era dentista, pero actuaba con una autoridad incuestionable.

Al tenerlo tan cerca, Lucía notó el puente recto de su nariz y la línea impecable de sus labios. La presión en la mandíbula comenzó a incomodarla, dificultándole respirar y provocando que su boca acumulara algo de saliva.

Con los ojos insondables, y recordando que tenía que ajustar cuentas con Camilo, Alejandro la soltó.

Su piel de porcelana quedó marcada con manchas rojizas, dándole un aire de vulnerabilidad que rayaba en lo trágico. Alejandro la miró y dijo:

—Se ve bien. No pienses en cobrar venganza la próxima vez.

Dicho eso, dio media vuelta y desapareció.

Cristina, que había presenciado todo desde la puerta, corrió hacia ella.

—Lulú, ¿estás bien?

Para Lucía, el alivio de que no hubiera leído sus correos era inmenso. Encendió la computadora a toda prisa, cambió la contraseña de su correo y vació la bandeja de entrada por completo.

Fue hasta el tercer día que Camilo la buscó.

Al encontrarse, lo primero que notó fue un moretón púrpura en la comisura de sus labios. Resaltaba dolorosamente en su rostro.

Cuando iba a preguntarle qué le había pasado, Camilo se encogió de hombros y dijo vagamente que se había golpeado por accidente.

Caminaron juntos hasta el hipódromo.

El viento en las gradas llevaba el olor a césped y tierra húmeda. Lucía observaba en silencio a los caballos calentar en la pista.

El disparo de salida rasgó el aire y ocho purasangres salieron disparados como flechas.

Lucía clavó la mirada en un imponente caballo alazán que tomaba la delantera con ferocidad.

Cuando la carrera terminó y el público empezó a dispersarse, ella rompió el silencio:

—Dicen que, en el instante en que alguien enfrenta un peligro mortal, la adrenalina se dispara de tal manera que las reacciones físicas superan lo humano. Piensas más rápido, te mueves más rápido... ¿es verdad?

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