Luego, Horacio suavizó un poco su expresión y bromeó: —¿Acaso tu plan es vaciar la empresa de tu padre?
Llevas apenas unos días aquí y ya quieres despedir a medio mundo. Hay una fila enorme de gente allá afuera quejándose de ti.
Lucía mantenía un semblante sombrío. —Entonces despide también a los que se están quejando. El Consorcio García no necesita empleados de esa calaña.
El rostro del presidente García cambió, teñido de indignación. —Lucía, si sigues actuando de esta forma, ¡no podré tolerarlo más! Pensé que venías a trabajar, no a poner la empresa patas arriba.
—Te lo advertí antes de que entraras: las relaciones corporativas son complejas, esto no es un laboratorio para que pongas a prueba tus caprichos. Si entras usando tu título de heredera para despedir gente a diestra y siniestra, vas a convertirte en el hazmerreír de todos.
—¿Qué crees que pensará la familia Zavala cuando esto llegue a sus oídos? Se llevarán una pésima impresión de ti.
Horacio sacó a relucir a los Zavala como argumento.
Lucía frunció el ceño. Era cierto que antes lo que más le importaba era la opinión de Alejandro Zavala.
Pero ahora, eso le tenía sin cuidado.
—Papá, ¿cómo es que no lo entiendes? No me importa lo que piensen los demás. Por el bien y el crecimiento de la empresa, esas personas no pueden quedarse. Sé que no me vas a creer ahora, pero tengo mis motivos para despedirlos y con el tiempo te darás cuenta.
Horacio siempre había adorado a su hija, pero esta vez, en su mirada había una clara decepción. —Lucía, me alegró mucho escuchar que querías involucrarte en el trabajo. Pero la empresa no es un lugar para que hagas destrozos... Haremos esto: te transferiré un buen dinero. Llama a Isabel Luna y a tus amigas, vayan al cine, de compras. Para la empresa, conmigo, con tu hermano y con tus tíos los accionistas es más que suficiente.
Horacio llegó a la conclusión de que era mejor que su hija no trabajara. Básicamente, la estaba mandando de vacaciones indefinidas.
Lucía notó la decepción en su padre y sintió un nudo en la garganta. Ella había renacido, pero le era imposible hacerle entender que, en su vida pasada, el Consorcio García había terminado en la quiebra absoluta.
Y que, justo antes de esa ruina, ella seguía viajando y disfrutando la vida, ajena a la tragedia inminente.
—No me voy a ir de la empresa... —dijo Lucía con la voz quebrada.
—Vete a casa —respondió Horacio, endureciendo el rostro.
Lucía sabía muy bien que, cuando su padre se enojaba, no tenía sentido llevarle la contraria.
Tampoco quería tener un enfrentamiento abierto con él.
Miró a su hermano en busca de apoyo, pero incluso Julio bajó la mirada, fingiendo revisar su celular, sin intención de defenderla.
De este modo, Lucía fue expulsada de su propia empresa.
[¡Y no se puso a hablarle a "su papá" para que regañara al oficial! Con eso ya superó a la mitad de los mirreyes del país.]
[Antes de irse hasta le dio una botella de agua al policía, fue muy educada. ¡Y esa agua importada cuesta carísima!]
[Pausa al resentimiento social por cinco minutos. Fe en la humanidad restaurada.]
Diego Paredes estaba en un club exclusivo cuando vio la noticia y sacó el tema frente a todos. —Vaya, parece que nuestra reputación como herederos adinerados acaba de ganar unos puntos. Todos los comentarios dicen que Lucía es súper educada y que fue muy humilde con el oficial de tránsito.
En el área privada del club, rodeada de sillones de piel y mesas bajas, flotaba un suave aroma a alcohol de alta gama. Alejandro Zavala, Gustavo Beltrán y Lucas Paredes estaban presentes.
A Diego le enfermaban los "trolls" de internet.
La última vez que lo vieron dándose unos besos con una chica, el video se hizo viral y lo crucificaron en redes acusándolo de tener un harén de mujeres financiadas por su familia.
Cuando llegó a su casa, su padre le dio una paliza y le exigió que midiera sus actos, sobre todo cuidándose de no ser grabado y expuesto en línea.
Hoy, como Jimena no estaba presente, Diego por fin se atrevió a hablar de Lucía.

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