Diego sabía perfectamente que desde que Alejandro había empezado a llevar a Jimena con ellos, Lucía se había distanciado del grupo.
Pero él no tenía ningún problema con ella; de hecho, sentía mucha lástima por Lucía. Una chica tan hermosa que había perseguido a Alejandro por tanto tiempo, que había hecho de todo por ganarse su corazón sin éxito, y para colmo, una supuesta amiga le había robado el protagonismo a mitad del camino.
Al escucharlo, los demás sacaron sus teléfonos para ver las noticias sobre Lucía. Lucas leyó un comentario de un tipo asqueroso que decía "con esas piernas podría jugar toda la vida" y frunció el ceño con disgusto.
Alejandro bebía en silencio. Diego le puso el celular casi en la cara: —Mira, Alejandro. Esos usuarios de internet siempre nos traen bajo la lupa buscando el mínimo error, pero hoy casi nadie la criticó.
Alejandro echó un vistazo a la pantalla que tenía enfrente.
En la foto, la chica estaba de espaldas hablando con el oficial de tránsito. Llevaba un conjunto elegante y corto que dejaba ver sus piernas esbeltas y de una tez luminosa.
Solo le bastó una mirada fugaz antes de apartar la vista con frialdad.
Sin saber cómo interpretar su actitud, Diego intentó tantear el terreno: —Oye, Alejandro, hace mucho que Lucía no viene. ¿Crees que podríamos decirle que se dé una vuelta hoy para convivir un rato?
Alejandro levantó levemente la mirada, su tono era glacial: —¿Acaso yo le he prohibido venir?
Todos se quedaron pasmados.
Lucía había regresado del extranjero hacía bastante tiempo, y desde entonces no había asistido a una sola de sus reuniones. Todos daban por hecho que era una orden de Alejandro, que él no quería que estuviera ahí.
Asumían que él quería evitar a toda costa un enfrentamiento directo entre Lucía y Jimena.
Nadie imaginó que era Lucía quien se negaba a asistir por voluntad propia.
Lucas, sentado en el sofá contiguo, también se detuvo al escuchar aquello.
—Le voy a marcar rápido —se apresuró a decir Diego. Hizo el amago de levantarse, pero luego lo pensó mejor y se quedó sentado.
No era nada del otro mundo, no tenía por qué esconderse.
Buscó el contacto de Lucía en su celular, marcó y puso el altavoz.
—Diego... —La voz cristalina de Lucía resonó en la habitación. Sonaba ligera, animada, como si los recientes problemas no hubieran hecho mella en ella.
—Lulú, hoy nos juntamos en el lugar de siempre. ¿No te animas a venir...?
Lo más importante, y que Diego añadió mentalmente, era que Jimena no estaba.
Diego retiró el celular, sintiéndose terriblemente incómodo.
Lucas apartó el brazo que tenía sobre los hombros de su novia y soltó una carcajada burlona, llena de veneno: —¿Hasta cuándo va a seguir con este jueguito de hacerse la difícil? ¡Como si a alguien le importara si viene o no!
Alejandro no pronunció palabra.
Gustavo simplemente le dio un sorbo a su trago.
Diego intentó excusarla: —Empezó a trabajar hace poco, de verdad debe estar muy ocupada.
—Curioso, porque justo acabo de recibir una llamada donde me contaron que la princesita armó un berrinche de aquellos nada más llegar a la empresa, y su propio papá la corrió a la calle —comentó la novia de Lucas entre risas.
Lucas añadió con desdén: —Si logró sacar de quicio a su papá, que siempre le ha cumplido todos sus caprichos, ya se imaginarán el nivel de locura que armó.
—Si no le dan una lección y la dejan enfriarse un rato, va a seguir con su actitud de niña caprichosa toda la vida.
Diego se quedó callado; ya no sabía qué inventar para defenderla.

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