Eran las seis y media de la mañana. Con los primeros rayos de luz despuntando en el horizonte, Lucía García ya estaba de pie.
Sin embargo, no llegó a la oficina hasta las nueve y media. Al entrar apresurada a su despacho, se topó de frente con su hermano mayor, que ya la estaba esperando.
Julio oscureció la mirada y, cruzándose de brazos, disparó:
—Saliste de casa a las siete en punto, apenas terminaste de desayunar. Llegas tardísimo. Sé honesta, ¿dónde estabas metida tan temprano?
Lucía le dedicó una sonrisa dulce y le tendió el vaso de café que traía en la mano.
—Julio, pasé a comprarte tu café favorito. Deja de actuar como mi supervisor personal.
Él no se tragó el cuento.
—¿No te habrás ido a ver con algún chico, verdad?
—¿A esta hora de la madrugada? ¿Quién en su sano juicio tendría una cita conmigo a las siete de la mañana? —Lucía rodó los ojos—. Anda, ponte a trabajar.
Encendió la computadora y revisó su bandeja de entrada. Había un correo de Salvador Montero desde Estados Unidos. Le confirmaba que su trabajo como asistente terminaría en dos meses y que, una vez cerrados los trámites, volaría de inmediato de regreso.
Lucía sonrió y tecleó una respuesta rápida: «Entendido. Concéntrate en terminar bien allá, yo haré lo mismo aquí en la oficina. Nos vemos pronto, es una promesa.»
Llegado el mediodía, ni siquiera tuvo tiempo de almorzar. Se llevó a Isabel Luna directamente a una productora de entretenimiento donde tenían contactos.
Tras analizar varios proyectos, seleccionaron un par de series que tenían todo el potencial para convertirse en éxitos rotundos y, sin dudarlo, invirtieron capital para entrar como socias productoras.
Para evitar problemas, no fueron a Zavala Entertainment, pero el destino tiene un sentido del humor retorcido: terminaron cruzándose con Maribel Quintana de todos modos.
A lo lejos, vieron a Maribel rodeada de una multitud, brillando como el centro del universo. Llevaba ropa de diseñador que resaltaba su figura impecable y un maquillaje deslumbrante. Su mánager, asistentes y personal de seguridad la escoltaban a cada paso. Estaba en la cima de su carrera.
—Wow, de verdad es bellísima —murmuró Isabel, fascinada. Tomó a Lucía del brazo—. ¡Vamos a pedirle un autógrafo!
—¡Ni se te ocurra! —la frenó Lucía, poniendo su mejor cara de ejecutiva. No tenía la más mínima intención de lidiar con ella—. Vinimos a hacer negocios, no a perseguir celebridades. Vámonos.
Isabel suspiró, resignada.
Más tarde, mientras comían algo rápido, Isabel se inclinó sobre la mesa. Sus ojos brillaban con la intensidad de un buen chisme y bajó la voz:

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