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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 249

Lucía estuvo encerrada en esa habitación durante toda la noche.

Había guardias haciendo turnos afuera; aunque quisiera escapar, era imposible.

No fue hasta la tarde del día siguiente, cuando Don Guillermo por fin despertó y Alejandro pasó por su casa a cambiarse de ropa, que él tuvo tiempo de ir a verla.

Cuando Alejandro abrió la puerta, Lucía ya había terminado de comer y estaba sentada en completo silencio, con el rostro inexpresivo.

Él se paró frente a ella y preguntó, con un tono vacío de emociones:

—Dime de una vez, ¿qué es lo que tanto te molesta de mí o de Jimena?

—Si querías destruir a su familia, ¿por qué tuviste que hacerlo justo el día de mi compromiso?

—¿Tan desesperada estabas?

—¿Tenías que armar semejante circo en frente de mi familia?

—¿Qué te hicieron los Zavala? Mi abuelo, mi hermano... todos te tenían cariño, y tú... humillaste a mi abuelo de esa manera...

Al llegar a este punto, la mandíbula de Alejandro se tensó y su mirada se volvió letal. Se inclinó, la tomó del cuello y la obligó a levantar el rostro para que lo mirara a los ojos.

—Habla.

Lucía llevaba casi tres años desde que había renacido, y en este solo día Alejandro le había dicho más palabras que en todo ese tiempo junto.

—¿Será porque todavía sientes algo por mí? —murmuró Alejandro, acariciando con el pulgar la piel suave de su mejilla, pensando que su nivel de paciencia era admirable.

Mateo Vicario estaba de pie detrás de él, observando cómo Lucía ni siquiera parpadeaba al responder.

—No hay mucho que decir. Simplemente no soporto verlos a ti y a Jimena. Son un par de hipócritas descarados, y verlos hacer el ridículo es lo que más feliz me hace.

El rostro de Alejandro se oscureció por completo, emanando un frío capaz de congelar la sangre.

—¿Hipócrita yo? —Se echó a reír por pura rabia, mientras un destello siniestro cruzaba su mirada.

Recordando algo, sacó una pastilla del bolsillo de su traje.

—Entonces vamos a hacer que la palabra tenga sentido.

Lucía entró en pánico, pero él la apretó de la mandíbula y le metió la pastilla a la fuerza. Ella intentó escupirla desesperadamente, pero por los nervios solo logró expulsar una mitad triturada; la otra mitad bajó por su garganta cuando Alejandro le sostuvo la barbilla hacia arriba.

Lucía abrió los ojos de par en par.

—¡¿Qué... qué me diste?!

Alejandro respondió con frialdad:

—Es un juguetito de los tipos del yate. Me la guardé el día que les di una lección. Usarla en ti ahora me parece de lo más apropiado.

Lucía se desplomó contra él, con los ojos llenos de humillación.

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