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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 248

Diego, un poco confundido, le pasó el teléfono a Lucía.

—Es mi primo.

Lucía dudó un segundo, pero tomó el aparato y salió del salón para contestar.

—Lucía García, ¿hiciste todo esto contra la familia de Jimena solo por Alejandro? Te lo advierto, ¡incluso si te desnudaras frente a él, Alejandro no te dedicaría ni una mirada! No creas que por jugar a ser astuta ya ganaste. ¡Cuando las cosas exploten, nadie podrá salvarte!

—¿Todavía te haces llamar Lucas Paredes?

Cuando Lucía volvió a la mesa y le devolvió el teléfono a Diego, sus dedos estaban helados.

—¿Pasa algo? —preguntó él.

Ella negó con la cabeza.

Isabel también quiso saber qué sucedía, pero Lucía guardó silencio. Fue Diego quien habló:

—Creo que mi primo está enamorado de Lucía.

—¡¿Qué?!

Isabel olvidó por completo el drama de los Zavala y los Jiménez y se dedicó a comentar lo increíble que le parecía, diciendo que los hombres a veces tenían mentes más enredadas que una telenovela.

—No inventen cosas, eso no es amor —cortó Lucía.

Terminaron de comer y se prepararon para despedirse.

Isabel, que había llevado su propio auto, fue la primera en irse.

Lucía y Diego apenas habían cruzado la puerta del restaurante cuando un grupo de hombres de aspecto intimidante y mirada fría les bloqueó el paso.

—Señorita Lucía, le pedimos que nos acompañe.

Lucía respiró hondo. Lejos de entrar en pánico, su rostro se volvió inexpresivo. Los miró con frialdad y respondió:

—¿Y si no quiero?

Sin esperar respuesta, agarró a Diego de la mano, dio media vuelta y empezó a correr con todas sus fuerzas.

Ambos llegaron a trompicones al auto de Diego y cerraron las puertas de un golpe.

Diego miró el rostro pálido de su amiga, con el ceño fruncido.

—¿Quiénes eran esos tipos?

—Arranca el auto.

Salió del edificio y decidió tomar el metro para volver a casa.

En el trayecto, llamó a Julio.

—Julio, las luces del estacionamiento de la oficina están muy oscuras, me dio un poco de miedo...

—¿Eh? ¿Pero si siempre ha estado así? —respondió él, que ya estaba descansando cómodamente en casa—. Bueno, está bien. Mañana mando a alguien a instalar luces más brillantes.

—Gracias, hermano.

Sintiéndose mucho más tranquila, Lucía sonrió y colgó. Miró a la multitud a su alrededor. Estar rodeada de tanta gente la hizo sentir a salvo.

Al otro lado de la línea, a Julio le pareció extrañísimo. ¿Desde cuándo Lucía era tan miedosa como para no querer entrar al estacionamiento?

—Cuando esté por llegar, sal a la puerta a esperarla. La he notado un poco distraída estos dos últimos días —comentó Cristina, acariciándose el vientre.

—De acuerdo.

Calculando el tiempo, Julio salió a la entrada de la mansión para esperarla.

Poco después, Lucía apareció caminando a lo lejos. Al ver a su hermano, levantó la mano con una sonrisa, lista para saludarlo. De la nada, un vehículo frenó bruscamente frente a ella, bloqueándole por completo la vista.

Al segundo siguiente, la puerta del auto se abrió de golpe. Antes de que Lucía pudiera reaccionar, un par de brazos con una fuerza brutal la arrastraron al interior y el auto desapareció a toda velocidad.

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