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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 273

—Un mesero arrogante.

Piero llevaba en su interior el resentimiento de un hombre pobre y marginado, albergando un profundo odio hacia los ricos y poderosos. Lucía recordaba claramente cómo, en su vida pasada, Isabel llegó al límite y, al borde de la locura, le gritó que estaba enfermo. Él, como un demente, le respondió a gritos: «¡Mi enfermedad es culpa de ustedes, los ricos! ¡Ustedes me orillaron a esto y ahora tienen que hacerse cargo!»

Y hoy, ahí estaba de pie frente a ellas, con una mirada amable, una sonrisa perfecta y una actitud humilde. Toda esa fachada era una farsa minuciosamente calculada.

Lucía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Isabel, me pediste que lo evaluara, y ahora mismo te digo que no lo apruebo.

Isabel intentó justificarse:

—Es que no conoces cómo es realmente. Me dijo que aunque ahora es pobre, si algún día llega a ganar cinco millones de dólares, me los dará todos a mí.

Isabel se dejaba deslumbrar por ese aire de hombre luchador e incorruptible que despreciaba el dinero.

Lucía asintió, sarcástica.

—Ah, claro. Dice que si gana cinco millones de dólares te los dará todos, pero la realidad es que ahorita no tiene ni un centavo y no te da nada.

—Tú... —Isabel hizo una mueca—. Qué materialista eres.

Lucía respondió con frustración:

—Isabel, él no es un buen hombre. Dame un par de días, voy a investigar a fondo todo ese cuento suyo del orfanato...

Isabel se ofendió visiblemente con las palabras de su amiga.

—Confío en mi propio juicio. Ni se te ocurra meterte con él, porque si lo haces, te juro que no te lo perdonaré.

Lucía insistió:

—Tienes que abrir los ojos y ver la verdadera cara de ese vividor. La integridad es algo que se puede fingir perfectamente.

Pero Isabel se negó a escuchar una sola palabra más, y la conversación terminó de la peor manera.

Se dio la vuelta, se aferró al brazo de Piero y se marchó sin mirar atrás.

Mientras discutían, Elena de García escuchó el escándalo y salió a paso lento desde las habitaciones interiores.

—¿Qué está pasando?

Lucía, fastidiada, le dijo a Paola:

—Solo fue un sueño que, por casualidad, se cumplió una vez. ¿Acaso de ahora en adelante cada vez que te pase algo me vas a culpar por no haberte avisado?

Paola se quedó sin palabras. Su rostro pasó de pálido a rojo, y su pecho subía y bajaba agitadamente. Tras unos segundos de mutismo, dio un fuerte pisotón en el suelo, soltó un bufido de desdén y salió corriendo y llorando, cubriéndose la cara.

Una vez que se fue, Lucía frunció el ceño y murmuró en voz baja:

—Qué dolor de cabeza. Es una niña malcriada con complejo de princesa. Como es la única hija en su casa, la han consentido hasta volverla insoportable.

Elena de García miró a su hija, pero no dijo nada.

Era normal que Lucía desconociera los secretos de la generación pasada de la familia Montero. Beatriz Zavala era tan orgullosa que había ocultado celosamente el hecho de haberse casado con un hombre divorciado en su juventud. De hecho, Paola no era ni de cerca la única hija de la familia. Ese secreto estaba tan bien guardado que, probablemente, ni la misma Paola sabía que tenía un medio hermano.

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