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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 34

Le transfirió un bono de veinte mil pesos a Sofía Castro y le dijo que se fuera a celebrar las fiestas.

Ella se quedó a cargo de los últimos detalles en solitario.

El café ya se había enfriado.

El reloj de pared marcaba más de las seis de la tarde. Había recibido un montón de llamadas de su casa, pero como tenía el teléfono en silencio, no las había escuchado.

Lucía apagó la computadora y se frotó los ojos cansados.

Se levantó y caminó hacia la ventana con el celular en la mano. Al revisar sus notificaciones, vio que la mayoría de las llamadas eran de Julio, junto con un mensaje reciente que decía: «¿Por qué no llegas todavía? ¿Qué tanto haces con Isabel Luna todos los días?»

Lucía le respondió: «Ya voy en camino».

Justo en ese momento, le entró otro mensaje, esta vez de Camilo Zavala.

Él ya había regresado a la mansión principal y le comentaba que su abuelo la extrañaba, y que andaba preguntando en qué andaba tan ocupada que no se le veía ni la sombra.

Lucía le contestó: «Dale mis saludos de Fin de Año a tu abuelo de mi parte».

«Y para ti, Camilo, ¡Feliz Año!»

Camilo respondió al instante: «¡Feliz Año para ti también!»

Además, adjuntó una foto de la cena de celebración.

Entre la gran variedad de platos exquisitos, en la esquina izquierda de la foto se asomaba la mano de un hombre con los nudillos bien marcados. Lucía reconoció de inmediato que era la mano de Alejandro.

Lo que llamó su atención fue que, alrededor de la muñeca, llevaba atada una fina cuerda roja.

Él jamás usaría accesorios tan femeninos por cuenta propia.

Solo había una explicación: Jimena se lo había puesto por las festividades.

Alejandro solo era así de dócil cuando se trataba de Jimena.

—¡Pum! —

Un enorme fuego artificial estalló en el cielo, iluminando la noche grisácea como una lluvia de estrellas.

Lucía salió de su ensoñación y decidió no demorarse más.

Tomó su bolso a toda prisa y salió de la empresa en su auto.

Las calles ya estaban adornadas con luces y guirnaldas, y el ambiente festivo se sentía en cada rincón.

Algunos centros comerciales ya habían cerrado, pero al pasar frente a los grandes hoteles, veía a mucha gente entrando y saliendo.

Muchas familias habían reservado su cena de Fin de Año en esos lugares con meses de anticipación.

Pero la familia García prefería celebrarlo en casa, con una cena familiar.

Julio volvió a llamarla con insistencia, así que Lucía contestó por el manos libres:

Lucía respiró profundo, cortó un pedazo y se lo llevó a la boca. Efectivamente, igual que en su vida pasada, estaba casi imposible de tragar.

La diferencia era que, en su vida pasada, Lucía lo había escupido al instante y le había gritado a Leo: «¡Deja de desperdiciar la comida de mi casa!»

Esta vez, sin embargo, lo masticó un poco, se obligó a tragarlo y lo elogió:

—Tiene el sabor de un chef de primera.

Los ojos de Leo se iluminaron de alegría.

Al ver la escena, Julio soltó una carcajada.

—Sigue consintiéndolo. El día de mañana, cuando ningún restaurante lo quiera, terminará siendo el chef de nuestra casa y nos obligará a comer estos platillos desastrosos toda la vida...

Lucía sonrió.

Si tenía que ser para toda la vida, que así fuera.

Lo que Julio ignoraba era que, en su vida pasada, cuando él murió, todos los empleados de la familia García ya habían sido liquidados y ella estaba tan débil que no podía levantarse de la cama. Fue Leo quien cargó a Julio en su espalda para llevarlo al hospital, y fue él mismo quien se hizo cargo de todos los gastos y arreglos funerarios.

Al recordar aquello, Lucía sintió como si le arrancaran un pedazo del corazón; el dolor hizo que sus ojos se enrojecieran. Agachó la cabeza, fingiendo estar muy concentrada en la comida.

Solo por esa inmensa deuda de gratitud... Lucía estaría dispuesta a comer los terribles filetes de Leo por el resto de su vida.

Había tomado una decisión: si a Leo no le iba bien en sus estudios y ningún restaurante lo quería, él siempre tendría un lugar asegurado en la familia García.

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