Al escuchar la pregunta de Lucía sobre cómo había muerto Alejandro, Gustavo se quedó en silencio por unos segundos.
Luego, le respondió con un tono severo:
—¿Por qué te importa si vive o muere? Lo único que debes hacer es mantenerte alejada de él. Destrozó a tu familia, ¿acaso piensas cambiar de opinión y aceptarlo de nuevo? Si realmente vas a humillarte y rebajarte de esta manera, ¿has pensado en cómo te verá la gente?
—¿Qué?
Lucía se quedó paralizada, con el rostro lleno de incredulidad. Gustavo siempre había sido amable y educado; jamás lo había escuchado hablar de forma tan dura.
Ella solo había preguntado por el destino final de Alejandro, pero la actitud defensiva y gélida de él sugería que estaba convencido de que ella iba a arrastrarse de nuevo a los brazos de ese hombre.
¿Por qué le hablaba así?
Él sabía perfectamente que ella también había renacido. ¿Acaso creía que volvería a ser tan ingenua como para enamorarse de la persona que hundió al Consorcio García y destruyó a su familia?
Los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas sin que se diera cuenta.
Sentía una angustia profunda y un revoltijo de pensamientos en la cabeza.
En ese instante de distracción, un camión pesado apareció de la nada, avanzando a toda velocidad en su dirección. Lucía parpadeó intentando apartar las lágrimas y se dio cuenta, con horror, de que el camión había invadido su carril.
A un lado tenía un barranco y al frente la mole de metal; sin espacio para maniobrar, el impacto era inminente.
El chirrido agudo de los frenos rompió la cortina de lluvia y, al segundo siguiente, un estruendo ensordecedor sacudió el aire. El auto perdió el control, salió de la carretera y dio tres vueltas y media en el aire antes de estrellarse contra el fondo de la pendiente, convertido en un montón de chatarra.
En los últimos segundos de consciencia, antes de sumirse en la oscuridad, Lucía solo sintió una profunda desolación.
Al parecer, ya era su turno.
Su padre se había ido temprano, su madre al menos no había perdido la razón y su hermano había logrado sobrevivir. Ahora le tocaba a ella.
Había bajado la guardia.
Después de tantas vueltas, la desgracia que le estaba destinada finalmente cayó sobre ella.
Envuelta en una desesperación infinita, Lucía sintió que sus últimas fuerzas para luchar se desvanecían por completo.
—¿Lucía? —Gustavo apretó el teléfono, su voz cambiando al instante.
Con la garganta seca, intentó llamarla una y otra vez:
—Lucía, ¿dónde estás...?
Isabel entró corriendo y preguntó desesperada:
—¿Dónde está la paciente que acaba de sufrir un accidente de auto grave?
Una enfermera le indicó la dirección y ella salió corriendo como un vendaval.
Cuando llegó al pasillo de los quirófanos, vio a Diego apoyado contra la pared, con la cabeza gacha y expresión de derrota.
—¿Dónde está?
—En cirugía.
—¿Y Alejandro?
—También en cirugía.
En ese momento, salió una enfermera e Isabel se apresuró a preguntar por el estado de la paciente.
La enfermera respondió:
—El diagnóstico inicial muestra múltiples fracturas conminutas, conmoción cerebral leve, abrasiones extensas en la piel y una gran pérdida de sangre. Su estado es crítico.

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