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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 347

Isabel rompió a llorar de inmediato.

Diego, con el ceño fruncido, preguntó:

—¿Necesita una transfusión? Yo puedo...

—Su novio ya le está donando sangre.

Isabel se detuvo de golpe, limpiándose las lágrimas apresuradamente, sintiendo que estaba llorando en el lugar equivocado. Miró a su alrededor con confusión:

—¿Este es el quirófano de Lulú?

—Ella hablaba de Alejandro.

Isabel volvió a taparse la cara y siguió llorando.

Diego la abrazó y le dio unas palmaditas en la espalda para calmarla:

—Tranquila, Lulú estará bien.

Él también tenía ganas de llorar. De haber sabido que pasaría esto, jamás las habría llevado de viaje.

Cuatro horas después, terminó la primera ronda de cirugías.

Dentro de la sala, el hombre con bata médica permanecía de pie, con la espalda recta y rígida. Un aura de profunda melancolía lo rodeaba. No se había movido ni un centímetro, simplemente observaba en silencio.

Los labios de la mujer no tenían ni una gota de color, pero de pronto se movieron levemente bajo la mascarilla de oxígeno.

—¡Doctora!

Alejandro se iluminó y alzó la voz:

—Parece que despertó.

La doctora le retiró la mascarilla, se acercó para escucharla y en seguida entendió lo que decía.

Le acomodó la mascarilla con cuidado y se giró hacia el hombre de rostro frío:

—La paciente está semiinconsciente, pero sigue murmurando que necesita una pastilla anticonceptiva.

Una chispa de asombro cruzó la mirada oscura de Alejandro, rápidamente reemplazada por un gélido hermetismo.

Durante la cirugía, todo el equipo médico había notado las marcas recientes en el cuello y el pecho de la mujer. Era evidente que el accidente había ocurrido poco después de que tuviera relaciones sexuales. Algunos ya tenían sus sospechas y la doctora tuvo que hacer la pregunta obligada:

—Usted es su novio, ¿verdad?

Alejandro asintió.

Un especialista que conocía la reputación de Alejandro intervino para suavizar la situación:

—Es un hombre muy reconocido, no es ninguna mala persona.

Dos hombres habían aparecido de la nada, le quitaron su celular y la encerraron en una habitación sin ninguna forma de comunicarse con el exterior. Isabel había vivido esas cuarenta y ocho horas inmersa en una pura agonía.

Cuando Mateo Vicario le llevó la comida, Isabel le gritó llena de rabia y ansiedad:

—¿Por qué no me dejan ver a Lucía?

—¡¿Qué es lo que quiere Alejandro?!

—¡¿Qué le ha hecho a Lucía?!

Mateo respondió con frialdad:

—El señor Zavala no quiere que la familia García se entere del accidente por ahora, así que le pedimos disculpas por las molestias, señorita Luna.

Isabel se quedó perpleja:

—¡Esto no lo podrán ocultar por mucho tiempo! ¡La familia García se va a enterar tarde o temprano! ¿Acaso creen que si yo no digo nada no lo van a descubrir?

Mateo mantuvo su expresión impasible y su tono profesional:

—Las instrucciones del señor Zavala son esperar a que la señorita García sea trasladada a Puerto Coral y su estado se estabilice por completo antes de notificar a su familia.

Justo en ese momento, entró una llamada de la familia García al teléfono confiscado de Isabel.

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