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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 355

En cuanto él salió, Daniela, con las mejillas ligeramente ruborizadas, comentó:

—Prima, seguro tú fuiste la que le mordió el labio a tu novio mientras se besaban, ¿verdad? Por eso nos daba tanta pena mirarlo.

El rostro de Jimena, que ya de por sí carecía de color, se volvió aún más pálido al darse cuenta de que no era la única en pensar algo así.

Trató de evadir el tema.

—Son cosas de adultos, no te metas...

—Ya no soy una niña —se quejó Daniela.

Jimena se quedó paralizada, su mente era un torbellino. Trató de excusarlo nerviosa:

—A lo mejor él mismo se lastimó por accidente.

Daniela frunció los labios.

—¿Cómo va a ser un accidente? Seguro estaban muy intensos y perdiste el control.

Al escuchar esas palabras, la última gota de color desapareció del rostro de Jimena; se sintió completamente aturdida, sumida en un mar de confusión.

En un instante, su mente la llevó de vuelta al día en el resort.

Isabel había bajado con un tazón de sopa, y Alejandro le preguntó por qué no lo había tocado.

El dueño también le preguntó si a la señorita no le había gustado la comida y si quería otra cosa.

Isabel respondió que no hacía falta, que Lulú ya se había ido.

La mirada de Jimena se había clavado de inmediato en Alejandro, atenta a cualquier cambio en su expresión. En ese breve instante, captó una fugaz sombra de pánico en los ojos del hombre, que desapareció de inmediato detrás de su habitual máscara de control.

En cambio, Diego Paredes, que era mucho más impulsivo, empezó a regañar a Isabel, preocupado por los peligros del sinuoso camino montañoso. Alejandro, por su parte, guardó sus emociones en lo más profundo, manteniéndose contenido y calculador.

Y ni hablar de que cuando llamaron para avisar del accidente, Alejandro fue el primero en salir corriendo...

Lucía García, dime que no fuiste tú...

Si fuiste tú, te haré desaparecer sin que siquiera sepas qué te golpeó.

—¿Prima? ¿Qué tienes, Jimena...?

Isabel también saltó al quite:

—Señor Zavala, yo estoy aquí. Puedo darle de comer a Lulú. Ya puede irse.

Alejandro ignoró sus palabras, salió un momento e hizo una llamada. Apenas unos minutos después, el celular de Isabel sonó, obligándola a retirarse de inmediato.

La habitación quedó en un silencio absoluto para ellos dos. Alejandro se inclinó y levantó con facilidad el frágil cuerpo de Lucía, acomodándola en el sofá.

Abrió el termo, sacó una cucharada de la humeante y espesa crema, y se la acercó a los labios.

Lucía intentó tomar la cuchara.

—Puedo hacerlo yo misma.

Pero Alejandro no cedió. Mantuvo la cuchara firme y se empeñó en darle él mismo en la boca. Lucía tomó un par de bocados y notó de inmediato que era su sabor favorito; el chef de Alejandro preparaba opciones distintas todos los días a su gusto.

En ese instante, un pensamiento cruzó por la mente de Lucía como un relámpago: Camilo podría aprovechar la oportunidad para envenenarla.

El pánico la asaltó y, sin poder evitarlo, escupió violentamente el bocado que acababa de tragar.

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