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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 356

Alejandro detuvo el movimiento de la cuchara.

—¿Qué pasa?

Lucía se relamió los labios y negó con la cabeza.

Él insistió:

—Habla. ¿No te gusta o está muy caliente?

—No me gusta.

—Mentirosa, los primeros dos bocados te los comiste sin problema...

Lucía lo miró con frialdad:

—¡Tengo miedo de que esté envenenada!

El hombre frunció el ceño, confundido.

—¿Por qué estaría envenenada?

Los labios de Lucía temblaron ligeramente.

—Quién sabe.

Alejandro recordó la pesadilla de inmediato y preguntó:

—¿Quién querría envenenarte?

Lucía guardó silencio.

Camilo, su querido hermanito.

O tal vez, el mismísimo Alejandro lo había permitido.

—Ya me mudé de casa —dijo Alejandro—. Ahora estoy en la Finca de La Luz, y la sopa la preparó doña Marta. Solo estamos ella y yo, no hay nadie más. Ni siquiera he tenido tiempo de contratar más personal... Ya conoces cómo es doña Marta.

—Come de una vez. —Alejandro volvió a llenar la cuchara y se la acercó a la boca—. ¿No te quieres deshacer de mí? Solo te recuperarás rápido para irte si comes.

Al ver que ella lo miraba fijamente con sus ojos cristalinos, terca y con los labios apretados, amenazó con calma:

—Si no comes, podemos entretenernos de otra forma.

Lucía apretó los labios. Lo que más quería era recuperarse rápido, así que no le quedó más remedio que continuar tragando la sopa. Sin embargo, al parecer unas imágenes perturbadoras asaltaron su mente, haciendo que pasara la comida con extrema lentitud.

Cuando terminó, Alejandro llamó a una enfermera para que recogiera y luego le ayudó a enjuagarse la boca a Lucía.

Una vez que terminó, Lucía anhelaba regresar a la cama a descansar, pero antes de darse cuenta, Alejandro la tomó en brazos y la depositó en un sillón junto a la ventana.

—Señor Zavala, la paciente aún está muy débil y bajo ninguna circunstancia debe alterarse así. Alguien de su posición debería cuidar de su propia reputación y no agitar a los pacientes de este modo.

Quedaba claro, por sus palabras, que el médico sabía perfectamente quién era él.

El rostro de Lucía se fue tornando mortalmente pálido, casi transparente.

Sabía que el doctor estaba al tanto de que Alejandro estaba comprometido, y que ella no era la novia oficial. Seguramente, con todos estos días viéndolo abrazarla tan íntimamente, los rumores ya debían estar corriendo como pólvora, manchando su nombre.

Al verla así, Alejandro le palmeó la espalda, que ahora estaba rígida como una tabla, la levantó y la depositó suavemente en la cama.

—Yo me encargaré de esto —le susurró.

Lucía, recuperando un poco el aliento, dijo secamente:

—Ya les avisé a mi mamá y a mi hermano. No tardan en llegar, ya te puedes ir.

Alejandro frunció el ceño.

—¿A qué hora les avisaste?

—Antes de que llegaras.

Y tal como lo había dicho, poco después, el sonido apresurado de unos pasos resonó en el pasillo. Elena de García y Julio entraron de golpe, con los rostros desencajados por la preocupación.

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