Lucía: —Te prometo que luego te presentaré a una docena de hombres súper musculosos, pero por favor ya deja de molestar a Diego.
Isabel: —¿Luego? ¿Cuándo es luego?
Al mismo tiempo, Jimena entraba a paso lento en el salón del banquete.
Llevaba un vestido sobrio que acentuaba lo delgada que estaba. Tenía ojeras marcadas; aunque seguía siendo hermosa, su palidez delataba su cansancio, dándole un aire desolado y frágil.
En cuanto cruzó la puerta, las miradas de varias jóvenes herederas se clavaron en ella. Sus rostros reflejaban una mezcla de morbo y descarada satisfacción.
Una de ellas no tardó en soltar el primer comentario burlón: —Vaya, miren quién llegó. La gran señorita Jiménez.
Otra le hizo eco con una risita despectiva: —Yo juraba que después de que Alejandro la botara, no se atrevería ni a asomar la cara. ¡Con lo mucho que le encantaba presumir!
—Salió a gritar a los cuatro vientos que se había besado con Alejandro en el balcón, y poco después él anuncia que terminaron. ¡Qué humillación!
—Me enteré de que Alejandro ya tiene a otra.
Jimena sabía perfectamente a qué se enfrentaba antes de llegar. Para salvar su empresa y conseguir inversionistas, tuvo que tragarse su orgullo. Estaba ahí rogando atención a los empresarios veteranos, rebajándose a hacer relaciones públicas en todas partes, pero casi nadie le recibía las tarjetas de presentación.
Alguien grabó un video de Jimena siendo ignorada por todos y se lo envió a Isabel. Isabel, que seguía platicando con Lucía en la silla de mimbre, abrió el celular y se levantó de golpe: —Jimena está en un evento de negocios. ¡Vamos, quiero verla humillarse en primera fila!
Diego nadó hacia el borde: —Oigan, no busquen problemas.
Lucía tampoco tenía ganas de ir.
Jimena ya sabía que ella era la mujer del balcón con Alejandro; a estas alturas debía odiarla a muerte y con ganas de destruirla.
—¡Qué tanto miedo! Si nos perdemos este espectáculo, sería un pecado. Relájate, ella no se atreverá a meterse contigo ahora.
Al ver que no iba a disuadirla, Diego no tuvo de otra que salir del agua: —Está bien, está bien. Voy con ustedes. Si la cosa se pone fea, al menos podré intervenir.


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