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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 408

—¡¡¡Lucía García!!!

La expresión afable en el rostro de la señora Elena se desvaneció al instante, dando paso a una profunda molestia. Rara vez alzaba la voz o se dejaba llevar por la ira de esta manera.

Frunciendo el ceño, su tono se cargó de reproche: —Muchacha, ¿quién te enseñó a tomarte tus relaciones como si fueran un juego?

—Deberías aprender de tu hermano y tomarte el amor en serio. Cuando él se comprometió a casarse, lo cumplió.

Lucía replicó: —¿Acaso no es normal terminar y volver en una relación?

La señora Elena respondió de inmediato: —Tú eres mujer, la que sale perdiendo eres tú.

—Tu hermano y yo queríamos darte la libertad de enamorarte a tu ritmo, pero viendo que no le das ninguna importancia al amor, de ahora en adelante yo tomaré las riendas. Me encargaré de encontrarte a alguien con un estatus adecuado y te casaremos cuanto antes.

La señora Elena estaba a punto de continuar con su reprimenda cuando el Mayordomo Pinos apareció de repente: —Señora, el señor Zavala acaba de llegar.

El corazón de Lucía dio un vuelco. No esperaba en absoluto que Alejandro se presentara en su puerta. Un rechazo instintivo la invadió; no tenía la más mínima intención de salir a darle la cara. Su madre se dio cuenta de su incomodidad, así que le ordenó quedarse en la habitación y salió sola a recibir al invitado en la sala principal.

Cuando la casa volvió a quedar en silencio, Lucía se sentó junto a la ventana y empezó a hojear un libro de poemas. Observar las letras impresas sobre las páginas suaves la ayudó a calmar la tormenta de emociones que llevaba dentro.

Sin embargo, la paz no duró mucho. La voz del mayordomo sonó al otro lado de la puerta: —Señorita, su madre solicita que salga al salón.

Lucía supo que no había escapatoria. Con un suspiro resignado, reprimió sus emociones y salió a regañadientes.

El rostro de su madre se suavizó de inmediato. Se disculpó rápidamente con Alejandro y subió a toda prisa por las escaleras.

La sala principal quedó sumida en un silencio sepulcral, dejando a Lucía a solas con Alejandro, que seguía sentado imperturbable. El ambiente se volvió sofocante, cargado de una presión invisible que le cortaba la respiración.

Sin intenciones de iniciar la conversación, Lucía fingió estar totalmente absorta en los contratos, pero la ardiente mirada del hombre la seguía quemando, haciéndola sentir sumamente vulnerable.

Alejandro notó cómo intentaba esquivarlo y el brillo de sus ojos se enfrió un poco. Bajó la taza de té lentamente, y el choque de la porcelana contra la mesa produjo un sonido seco.

—¿Por qué no contestas mis llamadas?

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