Jimena tenía la subasta agendada para el día siguiente.
Tras disfrutar de un baño relajante y aplicarse sus mascarillas nocturnas, se dispuso a tener un largo sueño reparador. Sin embargo, antes de apagar la luz, revisó su celular por mera costumbre.
Al segundo siguiente, se sentó de golpe en la cama.
El perfil oficial del Consorcio García acababa de publicar un mensaje:
«Consorcio García, declaramos la guerra».
Jimena había seguido las redes oficiales del consorcio poco después de regresar del extranjero, cuando aún coqueteaba con la idea de seducir a Julio García. Por aquel entonces, Alejandro solo la había visto una vez y la había tratado con la frialdad de un témpano de hielo.
En su momento, le había insinuado a Lucía sus intenciones de entrar a trabajar a la empresa. La ingenua Lucía, rebosante de entusiasmo, le había tomado las manos y le aseguró que, con su doctorado, entrar al Consorcio García sería hacerles un favor. Le dijo que podía elegir cualquier puesto directivo salvo el de su padre. "Hasta el puesto de mi hermano te daría, total, Julio estaría encantado de...", le había soltado entre risitas.
Jimena no negaba que, durante un tiempo, Lucía había sido extremadamente dulce y confiada, tratándola como a su confidente y hermana mayor.
Pero comparado con la mediocre amistad de Lucía y el patético enamoramiento de Julio, Alejandro Zavala era el verdadero premio.
Conquistar a Alejandro significaba ser dueña del mundo. El imperio de los Zavala cruzaba océanos. Jimena recordaba la primera vez que leyó sobre él en una prestigiosa revista financiera en Estados Unidos, donde lo catalogaban como uno de los cincuenta titanes de la tecnología a nivel global. El impacto fue definitivo.
Ni por todo el oro del mundo iba a sacrificar a Alejandro por el par de hermanos de la familia García.
Tras contemplar la publicación durante un rato, llamó a Lucas Paredes.
—Lucas, ¿viste lo que acaba de publicar el perfil del Consorcio García?
Lucas deslizó el dedo por la pantalla al otro lado de la línea.
—Lo vi. Suenan como si estuvieran a punto de inmolarse.
Pero, por supuesto, nadie sabía qué tramaban realmente.
Al notar la tensión en la voz de la chica, Lucas bromeó con sorna:
—No me digas que crees que Lucía te está declarando la guerra a ti. Vaya, esa niñita no escarmienta.
Jimena esbozó una sonrisa seca.
—No es gracioso, Lucas.

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