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Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero romance Capítulo 432

—Aquella vez que mi ex amiga escondió navajas de afeitar en el pastel para lastimarme, fue ella quien me advirtió, y por eso evité que me desfigurara el rostro. Lucía en realidad es muy buena persona...

Beatriz se quedó de piedra, sin poder creerlo. —¿Y cómo lo supo? ¿Acaso ella misma incitó a Micaela a hacerlo?

Paola suspiró: —Mamá, ¿qué cosas piensas? Micaela ni siquiera la conocía, y tú misma descubriste por qué ella quería lastimarme. ¿Por qué le echas la culpa a Lucía ahora?

Beatriz se quedó sin palabras por un momento y no dijo nada más.

La curvatura en los labios de Alejandro se profundizó, con un brillo oscuro en sus ojos.

—Alejandro —la voz de Verónica Valdés sonó en el momento oportuno.

Beatriz conocía bien a Verónica. Apenas se acercó, la música de la pista de baile del salón comenzó a sonar de repente.

—Vayan a bailar —sugirió Beatriz, encantada con la presencia de Verónica. Su hermano y cuñada parecían estar muy interesados en emparejar a Verónica con su sobrino.

Verónica se detuvo al lado de Alejandro y, tomando la iniciativa, le preguntó: —¿Me concedes esta pieza?

Alejandro levantó la mirada hacia donde estaba Lucía y, para su sorpresa, la vio entrar a la pista de baile con un hombre que él no conocía.

—Vamos.

Alejandro tomó la mano de Verónica y caminaron hacia la pista; su porte tranquilo y elegante irradiaba un aura que daba seguridad a cualquiera.

El corazón de Verónica latía desenfrenadamente, fuera de control.

A los ojos de los demás, Alejandro y Verónica formaban una pareja espectacular. Ambos tenían una belleza deslumbrante y una presencia sofisticada que los hacía destacar por encima del resto; se veían tan perfectos juntos que casi lastimaba la vista.

Mientras bailaban abrazados, muchos de los invitados no podían dejar de mirarlos. Algunos murmuraban, preguntándose si esa señorita Valdés sería la misma mujer con la que Alejandro se había estado besando en el balcón aquella noche. Los dedos de Verónica eran finos y limpios, sin manicuras extravagantes, lo que la hacía parecerse un poco a esa misteriosa mujer.

Por otro lado, el ánimo de Lucía seguía ensombrecido desde su regreso de Río Verde. No tenía la menor intención de bailar y ya había rechazado cortésmente a varios caballeros, solo aguardaba a que comenzara la subasta.

Pero no esperaba que Santiago Soler se le acercara.

Si Lucas Paredes todavía estuviera en Puerto Coral, ni aunque Santiago se armara de todo el valor del mundo se habría atrevido a invitar a Lucía a bailar. Había logrado entrar de milagro a esa fiesta gracias a un amigo de un amigo del anfitrión.

Cuando Alejandro finalmente la arrinconó, murmuró: —Veo que no te importó en lo más mínimo que bailara con Verónica.

Lucía apretó los labios. —Solo estaban bailando. Con tanta gente alrededor, ¿qué iba a hacer? ¿Comerte vivo?

Alejandro bajó la mirada hacia ella: —Mis padres quieren que me case con ella.

Al escuchar eso, Lucía tuvo que hacer un gran esfuerzo para que las comisuras de sus labios no se curvaran en una sonrisa. Alejandro mantenía los ojos fijos en su rostro, analizando cada una de sus expresiones.

De inmediato, ella fingió un gemido de disgusto, enterró el rostro en su pecho firme y enredó los brazos alrededor de su cintura, ocultando hábilmente el júbilo que sentía y aparentando estar perdidamente enamorada y celosa.

Alejandro bajó la cabeza buscando sus labios, la besó con una profundidad asfixiante y la apretó brutalmente contra su cuerpo. Fue un beso urgente y apasionado.

Después de un largo momento, él recuperó el aliento y dijo: —Con que Camilo Zavala cometa un solo error más, haré que Jimena lo descubra. Así tendré la excusa perfecta frente a mis padres para mandarlo al extranjero. Cuando eso pase, por fin podremos hacer pública nuestra relación.

Lucía jamás imaginó que esos fueran sus verdaderos planes, y una extraña sensación le revolvió el estómago.

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