Lucía preguntó: —¿Por qué? ¿Por qué tienes que meterte en la vida de los demás? ¿Te parece bien tratar así a tus amigos?
—¿Y por qué más? —Se recostó en el respaldo de la silla, mirándola con esos oscuros y profundos ojos—. ¿No deberíamos alegrarnos por él? Le presenté a varias mujeres a Salvador y por fin una le gustó.
—Es la hermana de Verónica Valdés, se llama... , no recuerdo bien su nombre ahora.
—Cuando llegue el momento, podemos ir felices juntos a brindar en su boda y daremos nuestro regalo como pareja, porque somos una familia. ¿No te parece?
Lucía se moría de ganas de cruzarle la cara de una bofetada.
—Escuché que esta prometida tiene lo suyo. Cada vez que iba a ver a Salvador, le llevaba pasteles hechos por ella misma, y a él le encantaban.
—¿Acaso quieres vengarte de Salvador Montero? Yo te ayudo, ¿qué tal si nos casamos antes que ellos? ¿Te parece una buena forma de vengarnos?
Cada vez que Alejandro abría la boca, Lucía sentía que se ahogaba, que le faltaba el aire. Las lágrimas, traicioneras, volvieron a asomarse.
—¿Llorando por él? Te lo ruego, Lucía. Eres la viva imagen de todo lo que detesto. —Alejandro finalmente se levantó, pisando los cristales rotos, y se acercó a limpiarle las lágrimas del rostro.
Lucía retrocedió un paso: —Eres tú, todo es por tu culpa.
Alejandro sonrió: —Si él no pudo controlarse y se enamoró de otra, ¿también me vas a echar la culpa a mí?
Lucía siempre había tenido buen carácter; era la típica chica buena que seguía las reglas, pero en ese momento deseaba con toda su alma matarlo.
Al verla así, Alejandro le habló con frialdad: —No seas tan egoísta. Solo te viste con Salvador un par de veces, no se vieron ni la mitad de las veces que tú y yo nos hemos acostado. No me vengas con tu teatrito de adolescente enamorada, no me interesa verlo.
—Ahora que encontró el amor verdadero, deberíamos desearle lo mejor.
—Y otra cosa...
—Quiero hacerme responsable por ti.
Lucía no pudo evitar encogerse de miedo: —No necesito que te hagas responsable.
De un tirón, Alejandro la acercó a él, cerrando ligeramente los dedos sobre su piel: —Te has aprovechado de mí y ahora me pides que no me haga responsable. ¿Crees que te la vas a llevar tan fácil? Parece que todavía no me he aprovechado lo suficiente de ti.
Dicho esto, bajó la cabeza y hundió el rostro en el pecho de ella.
El cabello en las sienes de Lucía estaba empapado en sudor, y en ese momento solo podía emitir pequeños gemidos ahogados por el sufrimiento.
Fue entonces cuando el celular de Alejandro, que estaba en la mesita de noche, empezó a sonar.
Él lo ignoró.
Una hora más tarde, gotas de sudor resbalaban por la fuerte y musculosa espalda del hombre.
Su teléfono volvió a sonar.
Esta vez sonó durante mucho tiempo, lo suficiente como para arruinarle el momento.
Alejandro contestó. Era Doña Leonor. Su voz sonaba ronca: —¿No te lo he dicho ya? No acepto matrimonios arreglados.
Doña Leonor replicó: —La última vez dijiste lo mismo de Lucía García. Entonces, ¿qué tipo de mujer estás buscando?
Alejandro miró de reojo a la figura que temblaba sin control debajo de él. Su perfil estaba marcado por líneas afiladas, con los párpados caídos, ocultando cualquier rastro de emoción.

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